EL PARLAMENTO ESTADOUNIDENse votó de manera más o menos previsible la propuesta de salvamento del Estado a la banca de inversión.
El lunes la Cámara, que renovará totalmente sus 435 escaños en las elecciones de noviembre, se plegó a la furia de la masa, que allá también odia a los banqueros, y votó en contra del salvavidas de US$ 700.000 millones propuesto por el Gobierno (la cifra equivale a vez y media el costo acumulado hasta el momento de la guerra de Irak). Era de esperarse esta posición de la Cámara ante una población crispada por la crisis hipotecaria. En cuanto se supo la noticia se desplomaron las bolsas del mundo, cundió el pánico en los cinco continentes y se volvió a escuchar ese lenguaje raro de los economistas: la sensibilidad del mercado… el nerviosismo de la bolsa… sólo faltó oír hablar del espíritu de Nasdaq o de la ternura de la banca.
El Senado, que sólo renovará en noviembre un 30% de sus cien curules, sesionó más tranquilo, votó en la noche del miércoles a favor del salvavidas y la propuesta gubernamental volvió a votarse en la Cámara… que terminó aprobándola porque ya no concebimos el mundo sin la banca privada, como no lo podemos imaginar sin los plásticos, la guerra, las drogas, los políticos o el esmog.
Espero que algo bueno salga de este crash. Por ejemplo, que aumente la injerencia estatal en la economía del mundo y que los republicanos vuelvan a perder el poder durante 20 años, como les sucedió luego de su famoso desliz de 1929.
Que los genios de la economía que manejan la banca metan las patas no es tan inaudito. Al fin y al cabo la economía es una “ciencia social”, es decir, algo que de ciencia tiene muy poco (en el mejor de los casos es una ciencia oculta, una disciplina equidistante de la matemática y la astrología) y los bancos son, por definición, unos engendros alérgicos a la palabra social.
Algunos suspicaces piensan que esta quiebra pudo haber sido premeditada, y recuerdan aquel chiste: cuando escucho que hubo un asalto en un banco siempre pregunto: ¿fue de adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro?
No deja de ser irónico ver a los soberbios neocons pidiéndole cacao a papá Estado. Esto demuestra que la vieja discusión entre liberales e intervencionistas no estaba muerta, sólo mal enterrada; que los estadistas tendrán que seguir trabajando en la búsqueda de una fórmula política justa y sostenible, la que hemos buscado durante más de dos mil años en las barracas infames de la esclavitud, tras las murallas y los fosos feudales, en los afanes del comercio y el mercantilismo, en los genes de los monarcas, en las utopías de los humanistas, en el equilibrio de la democracia, en la colectividad de las repúblicas, en el sueño de las comunas, en la bondad del socialismo, en la creatividad y la pujanza del capital. Ayer creímos encontrarla en el poder de los metales, concretamente en la sabiduría del oro, en su capacidad de fluir de manera armónica y dorada. Pero el neoliberalismo, ya lo vimos, salió con un chorro de babas, áureo, sí, pero viscoso.
Leyendo los artículos de prensa sobre la paniquiada de Wall Street, recordé dos frases, una exacta y otra romántica: la exacta es de Octavio Paz: “El fracaso del socialismo no significa que estén resueltos los problemas sociales que lo originaron”. La romántica es del Che Guevara: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”. Y aunque el Che no imaginó nunca que el pueblo tendría que solidarizarse un día con la banca, creo que Paz sí intuyó que el fracaso del socialismo iba a desembocar en el solipsismo hueco del capital.