Conocí hace tres años a un millonario sueco que estaba empeñado en construir un museo de los sentidos. El complejo tendría cinco salas. En la del olfato, por ejemplo, habría olor a tierra húmeda, a mar, a verano, a sangre seca, o el olor del campo minutos antes de una tormenta, cuando el aire se enfría, los olores se decantan y la estática y la humedad adquieren una densidad casi tangible; o el olor de la atmósfera de Marte, o el de las feromonas que expelen dos desconocidos que se desnudan en un cuarto.
“Al olor estrella de esta sala lo llamaré NJB-62. Se trata de una verdadera bomba: un pedo de Marilyn Monroe”, dijo más serio que un sueco. “No se ría, es algo perfectamente posible, recuerde que nada se destruye por completo, que las sustancias se diluyen y las vibraciones se atenúan pero nunca desaparecen por completo. Aquí mismo, en medio del barullo, hay ecos de la voz de Sócrates. Este brandy contiene, es fácil demostrarlo, millones de moléculas del vino de las bodas de Caná. Todos los olores de la historia flotan aquí, enrarecidos en la atmósfera de este bar, mezclados y remezclados infinitas veces por los vientos y los siglos”.
La cosa sonaba tan lógica que me enganchó. “¿Cómo piensa pescar ese efluvio?”, le pregunté.
“No hay que pescar nada. Mejor dicho, alguien ya lo pescó. Es un tipo que tenía unos panties de la diva. Los había comprado en una subasta en Christie’s por una suma estrambótica. Las flatulencias, como usted sabe, son partículas en suspensión, etéreas y volátiles pero materia al fin, es decir, masa dotada de peso y fragancia, materia contante y sonante. Cada que la diva expedía un pedillo, pasaba lo que pasa cuando pee un santo impoluto o una fea anónima: sus efluvios vagaban inéditos porque la mayoría de esas partículas eran expulsadas a la atmósfera y flotaban por ahí, confundidas con el polen, cascarones de ácaros, pelillos muy livianos, escamas cutáneas, partículas de alimentos o de plásticos y todo el sinnúmero de cositas invisibles que flotan en el aire, pero siempre quedaban algunas partículas atrapadas en los encajes de los panties de la chica que hizo transpirar a dramaturgos, presidentes, magnates y héroes de béisbol”.
El sueco limpia la mesa con una servilleta.
“El resto fue fácil. Un biólogo rescató de los encajes las bacterias responsables del divino bouquet y cultivó esas reliquias en su laboratorio, donde se reprodujeron como conejos, como lo habría hecho ella misma de no haber tropezado con tanto cabrón en su corta vida. Gracias a los desvelos de este genio, el museo podrá ofrecer a sus visitantes flatos genuinos de Marilyn. Usted dirá que todo esto es fetiche, escatología; que lo sublime, lo irrepetible era ella misma y su culo duro y rosado. Tiene razón, pero recuerde que los originales son para unos pocos privilegiados, los demás tenemos que conformarnos con pósters, con los ecos y las sombras de las cosas”.
La hora de mi vuelo llegó y tuve que despedirme del sueco, decisión que me reprocho todos los días.
¿Qué habrá sido de su proyecto? Es probable que el museo ya esté funcionando bajo alguna fachada inofensiva y discreta. O descomunal. A veces las cosas se pueden esconder dejándolas muy visibles, como la carta de Poe, o haciéndolas enormes, como un centro comercial, esos sitios donde nadie se sorprende de que haya cámaras por todas partes y en los que no nos dejan un centímetro cuadrado de piel tranquilo con el acoso de todas las texturas, sabores, olores, colores y sonidos del mundo.
O tal vez el hombre entendió que el museo era superfluo porque ya el mundo es una máquina de estimulación poderosa y diversa, y abandonó la redundante idea.