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La gramática, los fenicios y la tinta roja

24 de febrero de 2017 - 09:00 p. m.

La gramática no es una materia popular. “La dramática” la llaman los ironistas porque su rol es paradójico: debe ordenar lo más caótico, las lenguas, corpus desordenados, arbitrarios, polisémicos y poderosos. Por esto saben decir: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

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La matemática, en cambio, “es un palacio de precisos cristales” porque no es obra de los pueblos sino de un puñado de cerebros que obedecen a rajatabla las reglas de juego que sentó Euclides. Por esto es pulcra, exacta… y limitada. La matemática abarca poco para apretar mucho.

A veces la gramática es tan correcta que desvaría: No diga “habemos personas inteligentes”, diga “hay conmigo personas inteligentes”, sentencia muy seria y muy dramática ella, y al final no sabemos si habla el vocero de los inteligentes o un bruto que anda en buenas compañías (la frase inicial, sobra decirlo, no tiene arreglo).

¡Cómo hace de falta el “habemos”! Es natural y corre a los labios como la interjección al dolor. Deberíamos legalizarlo, al igual que la pereza, la envidia, el derecho al fracaso, el odio y otros sentimientos incorrectos pero humanos; al igual que esas sustancias malditas y balsámicas.

Como en últimas la realidad es un artefacto verbal, la gramática siempre es protagónica. Ejemplos.

En el paso del artículo indefinido al definido, está el germen de toda la filosofía, asegura Thomas Mann en su ensayo sobre Schopenhauer: una rosa “es” en el tiempo. La rosa, en la eternidad.

Borges repite la idea y la flor. “Si como el griego afirma en el Cratilo/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra Nilo”.

Una lengua no es un sistema arbitrario de reglas; es la manera como los pueblos cifran la realidad, conjuran sus miedos, escupen odios y lamen amores, explicó el mejor gramático de la lengua española, Andrés Bello, que era indio para desesperación de España. Él tampoco quiso mucho a los hidalgos. “Lo peor de todo —rezongaba— es tener que cantar y rezar en la lengua de los enemigos”.

Para el escritor, el estudio de la gramática es ingrato: no suma pero sí resta. Nadie celebra su buen pulso para marcar acentos, nadie dice ¡qué atildado es!, nadie aplaude la pertinencia de un punto y coma, pero todos estamos prestos a abuchear el menor desliz en estas nimiedades.

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Del español cuida una Academia que es aristócrata, pero se inclina humilde ante los vicios idiomáticos muy populares; tiene blasones, pero esgrime un eslogan de detergente: “Limpia y da esplendor”.

Cuando se iluminaron las capitales de los manuscritos medievales, el color favorito fue el rojo. Se utilizó una tinta preparada con una mezcla de cinabrio y óxido de plomo. El caldero que vemos bajo los pupitres en los dibujos, calentaba los pies del escriba y mantenía líquida la mezcla de plomo y cinabrio.

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Algunos piensan que se utilizó el rojo porque iba bien con el negro del cuerpo del texto y con esa cosa blanquísima y rara, el papel. Otros creen que la elección encierra un homenaje cifrado al pueblo que inventó el alfabeto fonético, el fenicio, palabra que significa rojo, quizá porque ellos comerciaban con un tinte rojo púrpura, extraído de un molusco, y con un rojo bermellón que sacaban de una palma datilera.

Ambas explicaciones son plausibles. Los buenos diseñadores atienden la historia y la estética.

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Bello usaba tinta roja porque con los días se ponía sepia, su color favorito. En la escuela escribíamos con rojo los títulos de las lecciones. Rendíamos, sin saberlo, homenaje a los fenicios.

Por estos detalles nimios (¿nimio vendrá de minio, rojo?) y porque muchos la desdeñan, algunos insistimos en cortejar la vieja gramática, así nunca terminemos de comprenderla.

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