¿La humanidad en su conjunto progresa, como afirman dos o tres analistas, o marcha con paso firme hacia el abismo, como pensamos todos?
Ambas afirmaciones son ciertas y no resultan tan contradictorias como parecen. Todo depende del intervalo de tiempo y de las muestras poblacionales que tome el analista. Para ser pesimista basta abrir los periódicos del día y ver los agudos problemas sociales y ecológicos que proliferan en el mundo. En todos los escenarios, brilla un bombillo negro al final del túnel.
Para ser optimistas hay que abrir mucho el diafragma y mirar los periódicos de los últimos 10.000 años. Es lo que han hecho personas como el historiador Johan Norberg, el economista Thomas Piketty, el psicólogo Steven Pinker y el zoólogo Matt Ridley.
El optimista más reciente es el sueco Norberg. En su libro Progreso, demuestra que el mundo está mejor ahora que nunca. Los índices de salubridad e inteligencia aumentan de manera sostenida (en los últimos 60 años el CI de los estadounidenses pasó de 100 a 118) y el hambre, la violencia y el analfabetismo disminuyeron incluso en los países del tercer mundo.
La pobreza extrema del mundo se redujo del 94% de principios del siglo XIX al 10% de hoy. “La desigualdad crece (el Gini no cesa de subir, cada vez hay más riqueza en menos bolsillos) pero la pobreza disminuye”, dice Piketty. ¡En los últimos cuatro siglos, los homicidios de Europa cayeron de 400 a 1! (tasa por 100.000 habitantes. S. Pinker).
En los últimos dos siglos el porcentaje de países demócratas pasó de cero a 61% (informe 2015 de Freedom House).
Durante 100 siglos la expectativa de vida fue de 25 años, en 1900 subió a 31 gracias a la invención del sanitario y las alcantarillas subterráneas y al mejoramiento de los acueductos, y hoy es de 71 años. En los últimos 100 años el analfabetismo pasó del 79% al 14%.
“Entre 1955 y 2005 el asalariado promedio triplicó sus ingresos, comió un tercio más de calorías, enterró un tercio menos de hijos y su esperanza de vida aumentó un tercio. Era menos probable morir por guerra, asesinato, parto, accidentes, tornados, inundaciones, hambre, tosferina, tuberculosis, malaria, difteria, tifus, tifoidea, sarampión, viruela, escorbuto o poliomielitis. Era más probable estar alfabetizado y haber terminado la escuela, ser dueño de un teléfono, un retrete conectado al alcantarillado, un refrigerador y una bicicleta”. (Matt Ridley, El optimista racional).
Sin embargo, el pesimismo cunde. A la pregunta ¿Cree usted que la especie humana sobrevivirá: a) 50 años b) 100 años c) 200 años?, solo el 5% de los entrevistados marcó la C.
Conclusión: a la especie le va bien en desarrollo humano (salubridad, educación, derechos humanos, alimentación, justicia, democracia, acceso a la información, vivienda), pero se raja en ecología. Descontados los milagros (auge de industrias muy limpias, racionalización del consumo, una súbita toma de conciencia ecológica y política de las masas) la respuesta a la pregunta de si la vida humana en el planeta es viable a largo plazo (dos siglos o más) dependerá de que la evolución del desarrollo humano nos permita alcanzar el punto de equilibrio que los biólogos llaman “desarrollo sostenible”, antes de que la depredación del ambiente alcance cotas tan altas que los estándares de bienestar se reviertan y volvamos a los índices de violencia e insalubridad del siglo XVI… o más atrás.
Nuestro cerebro mamífero nos impulsa al heroísmo y la solidaridad. Por desgracia, creció sobre un cerebro reptiliano, un excelente predador que no cesa de susurrarnos: “Sácale los ojos a alguno y hazte una sopa”. Roguemos a las fuerzas del Azar que prevalezca el mamífero.