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La isla del centro del mundo

19 de diciembre de 2014 - 11:00 p. m.

Al fin dio su brazo a torcer la arrogancia del imperio. Cesa por fin una terquedad tan vieja como el viejo patriarca de la isla.

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Claro que no lo mueve la generosidad sino el cálculo. Acosado por su baja popularidad y por el triunfo de los republicanos en las últimas elecciones parlamentarias, Obama se anota un magnífico golpe de opinión, algo nada deleznable en un mundo donde las “percepciones”, el rating y la popularidad importan más que las realidades sociales.

Como algunos historiadores tendenciosos invierten las cosas, hay que recordar que fue el bloqueo de la OEA y los Estados Unidos lo que arrojó a Cuba a la órbita soviética al comienzo de los años sesenta e hipotecó la independencia de la revolución castrista.

Reconozco que el bloqueo tenía sentido en ese momento, en plena Guerra Fría, cuando el comunismo y el capitalismo se disputaban palmo a palmo el planeta, y Cuba exportaba con entusiasmo la plaga guerrillera para combatir la plaga de los dictadores que gobernaban en América Latina con inteligencia francamente militar.

Pero después de la disolución de la URSS en 1991, insistir en el bloqueo fue una torpeza y una mezquindad. Si lo hubiera levantado entonces, Estados Unidos le habría dado al mundo una lección de grandeza, y a las ciencias políticas un laboratorio irrepetible: Cuba. En ese pueblo, dueño de una identidad clara, sueños colectivos y gran disciplina civil, se habría podido inventar una variante del socialismo distinta a las fórmulas China, Soviética y nórdica. Una variante que podría ayudarnos a repensar la economía ahora, cuando el neoliberalismo desnuda sus falencias, cuando seguimos buscando esa respuesta que no hallamos en las barracas del esclavismo, en los ejércitos feudales, en los ajetreos mercantiles, en los genes de los monarcas, en el filo de la guillotina, en los salones burgueses, en el equilibrio de la democracia, en la ingenua bondad del comunismo, en la pujanza del capital, o en esta ingenuidad moderna de confiarlo todo a la sabiduría de los metales, a la luz del oro, a la creencia en que el mercado tiene razones que la razón no entiende.

Se anota un punto de oro Obama, un punto para sumar a sus aciertos, como el Obamacare, que no desata el nudo gordiano de la salud, pero está beneficiando a un vasto sector de la población; y la legalización de millones de inmigrantes, que resuelve un complejo problema social y legal y reencaucha las huestes del maltrecho partido demócrata.

El restablecimiento de las relaciones con Cuba pone entre los palos a los republicanos. Si se oponen al desbloqueo, acentúan su imagen de partido facho y deshumanizado. Si lo apoyan, estarán apuntalando el pedestal de Obama.

Gana Cuba, claro, que pasa de patito feo a ser el escenario de dos negociaciones históricas: Colombia-Farc y USA-Cuba. El precio es alto para los hermanitos Castro pero será benéfico para los cubanos: el Senado norteamericano le exigirá al régimen de la isla elecciones con garantías para el pluralismo político, buen clima para los negocios y cumplimiento de derechos humanos básicos.

(Uribe está de cama. Hasta ahora, Lina ha logrado que no trine: «¡La Casa Blanca en las garras del castro-chavismo!»).

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Pierde Venezuela, ahora más aislada y más necesitada de giros audaces y creativos… es decir, de actos que no caben en las cabecitas de Maduro y Diosdado.

Gana Colombia y gana la paz, ahora que se dialogará en un clima de apertura y en una isla por donde pasa el meridiano político del mundo.

 

 

 

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