El primer obstáculo del régimen venezolano a la recolección de firmas para la realización del referendo revocatorio, fue exigir que los ciudadanos registraran las firmas en una ciudad distinta a su lugar de residencia. Luego exigió que las validaran firmando de nuevo en esa misma ciudad.
La triquiñuela no funcionó. La gente viajó en buses, canoas y caballos, y superó con creces la cifra exigida. Luego el Consejo Nacional Electoral dilató la verificación de las firmas y ahora Maduro resuelve que no habrá referendo “este año ni el próximo”. También canceló la elección de gobernadores con una explicación insólita: no hay plata, dijo.
La oposición no es una pera en dulce, claro, y la lideran sujetos como Ramos Allup, el presidente de la Asamblea Nacional, quien celebró con Uribe el triunfo del No y dijo, como cualquier pastor epiléptico, que el plebiscito había derrotado “la conspiración comunista del narcotráfico”. Pero esto no justifica la permanencia de un régimen que solo ha producido desabastecimiento, corrupción, ruptura del hilo constitucional, crisis sanitaria, inflación estratosférica, inseguridad y tasas de homicidios espeluznantes, comunismo cavernario, mordazas a la prensa y cárcel a los opositores, entre otras plagas.
La retórica del régimen alega que la Asamblea es ilegítima y repite como mantras las palabras “pueblo” y “Chávez”. Parecen olvidar que fue el pueblo el que le dio a la oposición las dos terceras partes de los escaños, y que a Chávez le encantaban los comicios, ¡y los ganaba!
La izquierda colombiana ha cerrado filas con el régimen del lerdo Maduro y del listo Diosdado Cabello, el capo del Cartel de los Soles, un sujeto cuya fortuna cuadruplica, se calcula, la del Pablo Escobar de los buenos tiempos. El razonamiento de nuestros maduristas para descalificar a los críticos colombianos del régimen, es una burda falacia de distracción: “En Colombia mueren de hambre miles de niños. Usted es colombiano, por lo tanto no tiene autoridad para criticar al régimen venezolano”. De aquí se sigue, supongo, que el chavismo es maravilloso y que los únicos que pueden hablar de política son los noruegos.
Llama la atención que esta misma izquierda haya sido tan parca a la hora de defender a Dilma Rousseff, que se cayó por un pecado menor, cuyo partido marcó un hito social en la historia del Brasil, y fue destituida por un movimiento político liderado por una banda de sujetos subjúdices, entre ellos uno que la torturó cuando fue prisionera política.
Dice el régimen que la catástrofe venezolana es una “conspiración del imperio y de la oligarquía venezolana”. En parte tiene razón. Estados Unidos y la burguesía venezolana hacen parte de la oposición, pero también tienen negocios con el régimen: Estados Unidos son el principal cliente del petróleo venezolano, y de Polar, la multinacional de Lorenzo Mendoza, salen las bolsas de alimentos que el régimen reparte en las bases del chavismo. Además, no tiene presentación que hoy, después de 17 años de revolución bolivariana y 14 de bonanza petrolera, el país no tenga seguridad alimentaria, equilibrio institucional ni dirigentes capaces, o que al menos sepan hablar en público.
Si la tragedia de Venezuela duele muy hondo, su soledad indigna. Buena parte de los países latinoamericanos apoya al criminal gobierno de Maduro porque le debe favores. El gobierno colombiano mira para otro lado porque Venezuela es país garante de las negociaciones de paz. Y otros países pasan de agache porque no pierden la esperanza de recuperar siquiera una parte de la deuda que Venezuela tiene con ellos.
Un pueblo entero, uno que fue próspero y generoso, es pauperizado por sátrapas vulgares y voraces, y Latinoamérica no dice ni mu.