Yo sí sé de dónde provino la bomba lapa. No fueron «las extremas», aunque ambas son expertas en la detonación de explosivos de alta velocidad en zonas urbanas. No. Todas las bombas vienen de la misma parte, de la insania mental, del odio ciego, de la estupidez blindada y el cálculo ruin. Especular sobre la “ideología” del terrorista es rendirle un homenaje que no se merece.
Muchas veces he tratado de pensar como uno de ellos. Aparte de los interrogantes específicos (tipo de explosivo, radio de la onda, detonante, hora, lugar, objetivo, ruta de escape), ¿el terrorista se hace otras preguntas? ¿Le preocupa que la onda alcance a personas diferentes al “objetivo”, al conductor del vehículo, al vendedor del semáforo? ¿Piensa en algún momento que por allí puede pasar un niño, un anciano, un pariente? ¿Les dice a sus hijos al desayuno, digamos: no se acerquen hoy a la Caracas con 74? Tal vez sí, pero se responde con algún comodín-comodón: el comandante, el patrón, la patria, Alá, Dios, el oro… y sigue adelante.
Alguien dijo que el terrorista es un soldado sin insignias. Suena bien. Viril. Casi heroico. Pero la verdad es que el soldado es un muchacho al que le instalan un chip insomne que le repite día y noche: no sienta, actúe, no piense, calcule, no delibere, obedezca, no hay más moral que la mata de mora. Por eso es que la estructura militar tiene que ser vertical y la responsabilidad de sus operaciones recae sobre el mayor al mando.
Existe un atenuante: el terrorista es un monstruo, un enfermo. Pero hay personas que le hacen el juego al terrorista y no son muchachos ni locos y están cargados de insignias y honores. Pienso por ejemplo en la sevicia de los noticieros con la imagen de Fernando Londoño Hoyos herido, el zoom morboso al rostro, la imagen congelada para que el televidente pudiera lamer a sus anchas la sangre que chorreaba del rostro del abogado. ¿No bastaba mostrarla una vez? ¿Era necesario el zoom? ¿Son maniacos todos los editores? ¿Obedecen órdenes superiores como cualquier soldado? ¿No se les ocurrió reemplazar esa imagen por una descripción verbal, por un bosquejo de análisis, imágenes de apoyo, videos de buenos momentos de la vida pública de la víctima? ¿Pensaron por un momento en el dolor que podían causarle a la familia de Londoño? ¿Le harán mañana lo mismo a la familia del director del noticiero o a su propietario?
Bueno, de los noticieros se puede esperar cualquier cosa, pero sorprendió sobre todo la actitud del expresidente Uribe. En un momento tan crítico que todos los líderes depusieron sus intereses personales para rechazar el atentado y rodear al presidente Santos, Uribe sólo vio una oportunidad más para atacarlo y escupió en los medios: “¡El gobierno colombiano negocia con el terrorismo a través de la dictadura venezolana!”.
Caramba, un vocero camuflado de Al Qaeda no lo habría dicho con mayor perfidia. Debajo de su compungida expresión, Uribe estaba (estoy seguro) absolutamente pletórico. Ese atentado estaba demostrando de manera palmaria que Santos está equivocado en materia de seguridad y que él tiene la razón. Toda la razón.
La clase política colombiana no se ha destacado nunca por su nobleza. El golpe bajo ha sido siempre la regla. Pero ante el terrorismo, todos los partidos y hasta los líderes más mezquinos respetan un acuerdo tácito: condenar los atentados y rodear las instituciones. Todos, hasta los más miserables, entienden que no es momento para debates. Primero hay que atender los heridos, apagar el fuego y ordenar la defensa.
Un expresidente, piensa uno, debe tener cierta grandeza, o por lo menos guardar las formas. No es elegante brincar en una pata en medio de la hecatombe.