TODOS LOS AUTORES FAMOSOS SON juzgados con una plantilla de tópicos, y Borges no es la excepción.
Edwin Williamson, por ejemplo (Borges, una vida), ve en cada pieza del argentino “una cifra de sus fracasos galantes”, como si el fracaso no fuera el destino natural del amor. Si exceptuamos las dos primeras semanas, el resto del romance es maluco: ella te abandona y te parte el corazón, o tú la abandonas y cargas con la culpa el resto de tus días, o ambos se quedan y caldean un hogar… el infierno compartido.
Con toda razón, David Foster Wallace sonríe: “Con el entusiasmo de una vecina fisgona, Williamson lee hasta la última coma de la obra de Borges como correlato del estado emocional del autor”. (Borges en el diván).
Williamson también incurre en el tópico de afirmar que “Borges vivió una relación edípica con su madre”. Olvida que fue una relación atípica porque Leonor Acevedo de Borges no fue exactamente “una madre”. Así, cuando el niño Jorge Luis hizo pucheros porque iba a emprender un largo viaje, doña Leonor lo paró en seco: “Basta. No seas maricón. Lárgate”.
Cuando Borges no sabía qué hacer con La intrusa, la amante de dos hermanos campesinos que había sembrado la discordia entre ellos, Leonor no vaciló: Mátala, le dijo. Dicho y hecho. Los hermanos la matan, la entierran y se reconcilian y Borges pudo volver a las cómodas formas del soneto isabelino.
Cuando Borges le preguntó si era correcto poner: “Los degollaron de parados” (El otro duelo), doña Leonor saltó: ¡No seas gringo! Se dice “de parado”, como se dice “de pie”, no “de pies”.
Cuando el pulso más firme del siglo descachaba, Leonor perdía los estribos: “¡Cómo se te ocurrió esta boludez, estás escribiendo peor que Sábato!”.
Cuando disertaba sobre historia argentina, Leonor rezongaba: “A ti solo te interesa el papel de tus parientes allí. Tú crees que la historia es la crónica social de tu familia”.
Al final de su vida, Borges entendió que Leonor le espantaba las novias para que no lo distrajeran de la única presa que le interesaba al Minotauro, la gloria. Pero nunca le perdonó que lo hubiera llamado “gringo”. Para vengarse la puso a leer un género que él detestaba, alegando que se estaba quedando ciego. Y la pobre vieja leía hasta altas horas novelas gordas, la apoteosis del ripio, y se las contaba a Borges, que publicaba luego eruditas reseñas en revistas de señoras.
Sin ser moralista, creo que la posterior ceguera de Borges, la real, fue un castigo divino por la infamia de poner a su anciana madre a leer novelas.
El otro tópico de Williamson es afirmar que Borges no obtuvo el Premio Nobel porque era fachistoide. Caramba, si eso no es un pecado, es una tradición; el mundo es facho desde el neolítico. Recién en los últimos años están aceptando a regañadientes que las mujeres tienen alma, los negros ectoplasma, los gay corazón, los niños derechos, los indios resguardos y los animales sistema nervioso.
Por lo demás, Borges nunca negó su filiación: “Estudio inglés antiguo, me gustan los filmes americanos, soy conservador, escribo versos rimados, estoy perdido, soy un viejo de mierda”.
Cuando en 1982 le preguntaron por qué no le habían dado el Nobel a Borges, Arthur Lundkvist, el único miembro de la Academia Sueca de Letras que leía bien en español, respondió: “Porque no ha escrito nada importante en los últimos 20 años”.
Quizá lo fueron postergando por esto o por facho o por sabe Dios qué consideraciones… hasta que se les murió sin la bendición de la Academia. “Entonces los académicos se dieron una palmada en sus pálidas calvas boreales —afirma Antonio Caballero en Paisaje con figuras?— y exclamaron: ¡Otro que se nos pasa!”.