Me entero por un artículo de Andrés García Londoño (“La esencia de la escritura”, revista 320 de la Universidad de Antioquia) que los computadores están escribiendo textos informativos impecables: “Associated Press genera más de 3.000 informes en la plataforma Automated Insights cada trimestre”; y que para 2020 el 90% de todas las noticias del mundo serán escritas por un computador.
La primicia no me sorprendió mucho. Viendo la calidad de los textos de los periódicos y los guiones de los noticieros, yo sospechaba que las noticias las redactaba un abogado y las corregía un computador con el garfio izquierdo.
Después el artículo agarra. ¡Los computadores están escribiendo prosa narrativa! “Un programa alimentado con la prosa de 17 escritores de los siglos XIX y XX tomó el argumento de Ana Karenina, lo reescribió con el estilo de Murakami y produjo la novela Amor verdadero”. Usted dirá que el título parece concebido por un abogado tierno (digamos Belisario), pero no puede negar que esa historia se merece este título y que Murakami es pi veces mejor que Tolstoi, y esto tampoco es noticia: en general, los autores del siglo n son mejores que los del siglo n-1, así como cualquier amante supera al mejor marido, en especial al rancio esposo de la lúbrica Ana.
El artículo abre con un poema del “Dr. Johnson”, un programa tipo swiftkey, como el que nos completa las palabras en el celular, explica Andrés. El poema no es como para que los ángeles bajen a la novelería, pero resulta meritorio si consideramos que el alfabeto de este Johnson es apenas binario.
En realidad el sueño de construir máquinas inteligentes es tan viejo como la ambición. El I Chin, una máquina simple hecha de monedas y hexagramas, un oráculo inofensivo para nosotros, era para Confucio un engendro sapientísimo. Los discos de la máquina de pensar de Ramón Llul formaban un mezclador sintáctico, como esos libros infantiles cuyas hojas están partidas en tres partes: arriba hay sujetos, en la mitad verbos y abajo complementos circunstanciales.
La misma preceptiva, esas normas del verso que desvelaron a los autores de poéticas desde Horacio hasta ayer, ¿qué otra cosa eran si no el software de una máquina de versificar? Y esas fórmulas de hoy, como sexo + violencia + escaletas + vampiros, ¿que persiguen si no es una máquina de producción de best sellers?
A pesar de lo delirante del proyecto de una máquina-poeta, yo lo miro con respeto desde que Deep Blue venció a Kasparov en 1997 con elegantes sutilezas (los que hablan de una “fuerza bruta” soportada en memoria, velocidad y una completísima biblioteca de ajedrez, deben ignorar que esa biblioteca no existe).
En cambio sí es bruta la fuerza que soporta la “conjetura del mico escritor”. Ya no recuerdo donde la leí por primera vez. Debió ser en un comentario de Borges sobre un ensayo de Valéry sobre una tesis de Shaw sobre una paradoja de Chesterton, o en alguna combinación semejante de artífices de monstruos y paradojas. La herejía reza así: cualquier mico que teclee con aplicación su máquina de escribir durante un tiempo infinito, terminará por escribir un día, punto por punto, la obra de Shakespeare. Escribirá sus dramas, comedias y sonetos, combinará como él los registros latinos y los sajones del inglés isabelino, y estampará sin parpadear: Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara… Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes… La lógica es una perra que se acuesta con todos.
Si le parece imposible la realización de esta conjetura, entonces le diré con poco respeto que usted no pasa de ser un engreído descendiente de los monos y que su noción de infinito es francamente infinitesimal.