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La memoria de las cosas

29 de agosto de 2014 - 09:19 p. m.

Nadie sabe qué es la conciencia, salvo que sea “el más alto poema de la materia”, como dijo una conciencia inspirada, y que es parienta de la memoria, facultad de la que tampoco sabemos mayor cosa.

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¿Cómo recordamos un sobresalto de la infancia? Cuando queremos evocar una canción, ¿cómo echamos a andar en la cabeza la “pista” precisa? ¿Cuántas clases de “caminados” podemos distinguir? ¿Qué matiz rítmico nos permite reconocer a cuadras el “tumbao” de Maritza? ¿Cómo guarda la memoria durante lustros o decenios, exacto y fragante, un olor determinado? Nadie lo sabe, ni siquiera yo.

También hay memoria en las cosas inanimadas. La montaña permanece y merece su nombre porque no olvida su forma. Si lo hace, se degrada en colina o meseta, en valle o alud. Salvo lentos olvidos, que los geólogos llaman erosiones, las montañas conservan su forma y su altanería.

Los caminos son también trazos del recuerdo. Entre el bosque o la manigua, el baquiano sigue una línea sinuosa que sólo existe en su mente. Luego la vegetación aprende a respetar ese sendero. Luego unas máquinas lo ensanchan y esterilizan. Es la carretera, memoria del paso de los hombres.

Como es bello y efímero, el rastro de los barcos tiene nombre de mujer. Pero la voluntad del mar es más poderosa y lo borra en segundos (una amiga me asegura que los marineros son los culpables de la fugacidad de la estela, porque son gente desarraigada). O quizá el agua es descocada por naturaleza. Por eso Keats la eligió como soporte de su epitafio, el más bello y humilde del género: “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua”.

Los plásticos exhiben una memoria exacta y vistosa. Coja usted un muñeco de caucho, golpéelo, aprisiónelo, estírelo, sométalo a cuanto oprobio y deformación se le ocurran, y luego suéltelo. En una fracción de segundo, o menos, el muñeco recobrará su forma animado por el ímpetu de una fuerza restauradora proporcional a la magnitud del oprobio. Ya quisiéramos los mortales gozar de una entereza semejante.

En los laboratorios de la Rolls Royce experimentan bajo celoso secreto con Metaplas, una fibra dotada de una plasticidad tal, que autorrepara en cuestión de minutos abolladuras de cierta consideración.

Las semillas, átomos vegetales, pueden recordar por siglos la envergadura de las ramas del árbol que incuban, sus obstinadas bifurcaciones, los detalles de las nervaduras de sus hojas, la gracia futura de cada flor, el tamaño, el peso y el aroma de cada fruto… creo que, aguzando, podemos adivinar, desde la oscura cavidad de la semilla, una vieja nostalgia de pájaros y, por ende, un proyecto de horqueta hospitalaria para un nido ya entrevisto. O para una cauchera…

A veces abrimos un libro al azar y damos exactamente con la página por donde íbamos. No es un milagro, es un error, el “recuerdo” de la última deformación sufrida en su lomo, o el olvido de su forma original, como prefieran.

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La música es un fenómeno elástico puesto que el sonido es vibración, y la música es sonido armónico. El sonido se produce cuando algo vibra: cuerda, cuero, metal, madera o columnas de aire. Y vibra porque su naturaleza es plástica, memoriosa. La música es el corolario más feliz de la inteligencia de la materia.

Aunque sea difícil demostrarlo, es probable que la aparente continuidad de la historia, de la vida, del universo o de esa engreída entelequia, el “yo”, sea apenas una ilusión de la memoria reforzada por los desvelos de los eruditos, por el prestigio de los libros —puentes sobre el tiempo—, por la persistencia de algunos muros, por las montañas móviles de la fe, por acopio de tradiciones apócrifas o, cuando todo falla, por la insomne memoria de alguna divinidad que se resiste al retiro.

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