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La posesión

23 de enero de 2009 - 09:15 p. m.

YO TAMBIÉN VI POR TELEVISIÓN LA posesión de Obama, claro. Michelle estaba muy elegante con su vestido bordado amarillo (verde pistacho, dijeron los comentaristas fashion) y la biblia roja de Lincoln en sus guantes aceituna.

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Ahí estaban, por coincidencia, los colores de las banderas africanas pero en tonos más suaves, como corresponde a una sofisticada socióloga de Princeton. Sus zapatos también eran verdes, verde esmeralda, dicen los comentaristas, pero en realidad eran verde pvc y, para rematar, brillantes. No contenta con esto, se hizo alisar el pelo, como todos los días. Pero es que ese no era un día cualquiera, Michelle, era un día cargado de simbolismos de raza. También las niñas llevaban el pelo planchado. Se habrían visto mucho más lindas con sus crespos al natural. Ya lo dijeron Sófocles y Norberto: El peor crespo siempre supera al mejor alisado.

Habló un pastor, un gordito conocido por su homofobia pero menos histérico que el pastor promedio (los Obama son gente fina definitivamente). No dijo mayor cosa (cerrar los ojos y mencionar muchas veces la palabra Señor no garantiza nada) pero tuvo el acierto de cerrar con un poema probado, el padrenuestro.

 Consciente de que el mundo lo miraba, Obama fue rigurosamente semiótico y acompasó siempre el gesto con el rito: la sonrisa, la gravedad, la frente en alto para enfatizar una orden, los abrazos abiertos para recibir las ovaciones, los ojos cerrados para seguir la oración, o para dejar en claro que estaba conmovido con el soul de Areta.

En su discurso, aplaudió la gestión de los últimos dos de los 416 meses de la administración Bush, es decir, los del empalme. De allí en adelante, se dedicó a insultarlo. “Vamos a levantarnos… a reconstruir la nación… a recuperar nuestro liderazgo… a desenlodar nuestra imagen internacional… a salir de la quiebra… a derrotar la mezquindad y los intereses personales”. Sorpresivamente, Bush aplaudió el discurso, no así Laura, su bella y bizcorneta señora, que no movió un dedo de su esbelto cuerpo.

Bush no debió asistir a esa ceremonia, a esa fiesta mundial que celebraba no tanto el cambio de gobierno de una potencia universalmente antipática ni la llegada de un gabinete pragmático y demasiado heterogéneo, sino el fin de la calamitosa era Bush.

Obama fue claro al afirmar que el mercado no puede ser una rueda suelta en el sistema, y que el tema de la seguridad no tiene que ser incompatible con el respeto a los derechos humanos. Fue cauto al referirse a la ecología y mudo sobre la despenalización de la droga. La droga es sagrada, parce.

 En la mejor frase de su intervención, recordó que los Estados Unidos es un sueño construido por nacionales e inmigrantes, por judíos, hindúes, musulmanes, católicos, cristianos, anglicanos y ateos, por negros, blancos y amarillos. Es una frase cierta, redonda y ecuménica.

Bush padre fue el más relajado de la zona VIP. Le pampeó el abdomen a una de las encargadas del protocolo y después le dio una palmada en el muslo a uno de los severos guardias del capitolio. Simpático el cafre. Casi provocaba perdonarle sus tropelías en el Golfo Pérsico y la bromita de haberle impuesto al mundo el “liderazgo” del hijo bobo. Ah, y la recesión económica en que dejó sumido al imperio y le allanó el camino del triunfo a Bill Clinton. Son expertos en fabricar recesiones estos Bush.

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El poema de Elizabeth Alexander fue un sencillo homenaje a los oficios y a los días. No tenía el calado de los versos de Robert Frost, el poeta de JFK, ni la humanidad de Spoon river, de EdgarLee Masters, pero era claro y nada pretencioso. Lástima que tenía “mensaje” y que al final se mencione tantas veces la palabra amor.

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