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Le fe y el superguau

18 de noviembre de 2011 - 06:00 p. m.

Lo que más admiro de la gente es su ingenuidad, esa capacidad para creer en mitos, panaceas, líderes, mesías, ungüentos, menjurjes, filtros, religiones y loterías. Me enternece.

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Usted dirá que el que cambia billete contante y sonante por “billetes” de lotería es un adicto a la estafa y se merece su suerte. Puede ser, pero ¿quién no ha comprado un quinto alguna vez? ¿Quién no habla bellezas del trabajo en público y compra lotería en privado? Yo creo que los críticos de la lotería no han entendido el juego: lo que ella nos vende es un sueño, no el vil metal.

Usted dirá que la grasa afecta el cerebro y que la prueba está en esa legión de señoras que compran los ungüentos milagrosos del telemercado para sacar cintura en 45 minutos, y que es el colmo que la televisión cohoneste con esos atracadores especializados en el jugoso target de las señoras rellenitas. Disiento. Las gordas también tienen derecho a soñar. Recordemos, de paso, que a la televisión le exigimos definición, no ética. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, como dice la sabiduría popular, que nunca erra porque jamás apunta.

Me dicen que a la ingenuidad le falta arte. Están equivocados: la ingenuidad tiene himnos, la música de la nueva era, y Escrituras, los libros de superación. Es verdad que esa música de vientos, cascadas y pájaros empalaga después de siete segundos, pero usted puede abrir en el octavo segundo un manual de superación, esos manantiales de sabiduría que despiertan envidias entre los escritores porque se venden más que la literatura (pregúntenle a Norma). El error de la superación estriba en su pretensión de que todos vivamos inmersos en “un océano de mermelada sagrada”. Se equivocan, maestros: la felicidad es un desarreglo nervioso, por fortuna pasajero, como explico en mis manuales.

Usted dirá que es el colmo que la gente crea en el diablo, la quiromancia, los fantasmas, la cartomancia, los adivinos, los exorcistas, el tarot, las brujas, los ovnis, la Atlántida, el ajo, las pirámides, los parasicólogos, los culebreros y los senadores. Disiento. Si algo hay en el mundo, son brujas: la prensa acaba de registrar el nacimiento de la bruja número 3.500 millones. Las fotos la mostraron minúscula y divina.

Los extraterrestres existen y son tan inteligentes que nos sobrevuelan pero no aterrizan. El exorcismo es una materia corriente en las facultades teológicas. Tienen tomos muy precisos sobre esa poderosa entidad, el Mal. Es verdad que todos los exorcistas fracasan, sí, pero también es cierto que nadie en su sano juicio espera que un curita patee al demonio, como nadie espera que un médico derrote la muerte. Los adivinos se equivocan con frecuencia, pero igual pasa con los meteorólogos y los economistas, esos astrólogos posmodernos. El culebrero y el senador tienen una afinidad profunda, el dominio de la retórica, y una diferencia de peso: el monto de la pensión.

Creo en brujas y adivinos porque están hechos a escala humana. Se equivocan y tienen afugias económicas como cualquier parroquiano. El mismísimo diablo es simpático. Representa el pecado, id est, la sal de la vida, y es un perdedor, como nosotros: también él fue expulsado a patadas del cielo.

En Dios sí no he podido creer. Yo, que confío incluso en los periódicos, encuentro asaz reforzada la existencia de Dios. Es demasiado distinguido: lo sabe todo y nada le importa, está en todas partes y en ninguna, es anterior al big bang y sobrevivirá al big crunch, no lo afectan la kriptonita ni las blasfemias y su popularidad nunca baja del 98% (el 2% restante está compuesto por sujetos carentes de fe, esa virtud teologal que nos permite creer en lo que no creemos).

En suma, no me simpatiza el personaje. Es demasiado superguau.

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