De Sumer para acá, los poetas escriben malos cuentos.
Las razones son tres: la primera estriba en que la poesía pone en primer plano las palabras. En el poema importa más el estilo que el asunto. El cuento, en cambio, es una forma sintética y esencial cuyo protagonista es el argumento. La segunda razón tiene que ver con el manejo del tiempo. La poesía lo congela, porque aspira a la eternidad (es un género pretencioso) mientras el cuento lo necesita ágil, móvil, para desarrollar la historia. El poeta contempla, el cuentista narra. La tercera razón es la más importante, pero los críticos aún no la descubren. Como el patólogo, el crítico es un sabio que siempre llega tarde.
Óscar Wilde y Rubén Darío son ejemplos de buenos poetas que solo escribieron malos cuentos. Y no son solo malos, ¡también son ejemplares! Por este pecado, los manes de las letras les dieron un destino terrible. Los cuentos del brillante y cínico Wilde son ahora lecturas tiernas de la cátedra de valores. Los de Darío chupan polvo en los anaqueles del olvido.
Con el único fin de contrariar mi teoría, Elkin Restrepo acaba de publicar “Cuentos”, un volumen de historias poéticas con el sello Eafit. La falsa cubierta es un papel torreón de mucha textura. El marcapáginas es una cinta de seda palo de rosa. Las páginas son de un marfil dócil. El renglón es corto para que el “viaje” del ojo sea breve y no se fatigue. Las márgenes son generosas, el interlineado perfecto: uno punto cinco. La fuente es limpia, de la familia de las paloseco. Los asuntos, sucios, como la mórbida imaginación del autor… pero la prosa, asaz delicada, los vuelve eróticos, casi románticos. Alquimia pura. Bueno, no es solo la prosa, también cuenta el tacto de Elkin para contenerse, para sugerir apenas las cosas y no rasgar todos los velos.
¿Cómo hizo el muy taimado para que la poesía no le congelara la acción? Lo ignoro. Quizá descifró la tercera razón y halló en ella una fractura, un resquicio providencial.
Si bien el erotismo es el eje del volumen, las historias no se reducen al viejo asunto. En estos cuentos pasa de todo y la tensión es siempre una cuerda a punto de reventarse. Como en Charles Bukowski y en Rubem Fonseca, como en la vida, aquí el deseo está omnipresente, pero con frecuencia es una sonda para medir los abismos del alma, un pretexto para hablar de amor (lo que sea esto) y darle otra vuelta de tuerca a las tramas.
El libro reúne 21 cuentos, una selección de los publicados por Elkin en dos libros: “La bondad de las almas muertas”, editado por Panamericana en 2009 y “La orfandad de Telémaco” (Sílaba, 2011). Dos constantes los reúnen, pero también los dispersan, porque las tramas se imbrican unas con otras, se multiplican y buscan un orbe estético, tan provisional en sus resultados como suelen ser las cosas de la vida. La primera constante está relacionada con la línea de sombra que separa lo real de lo fantástico, para llamarlo de alguna manera, y cómo esta línea desaparece cuando menos se espera, ampliando la percepción de lo conocido. La ambigüedad es su norma y la poesía la manera de hacer visible lo cotidiano y lo simple. La segunda constante es la presencia de Eros, que mueve los hilos de los personajes e ilumina la escena, aún la más insignificante, en una afirmación de poder de la vida y de su cifra maravillosa.
Aún cabe otra lectura, una más elemental. Elkin solo quiere narrar momentos de la vida con la lengua suelta de un beodo o de un truhan tocado por la gracia o de una puta que entona una canción de cuna. O mejor, de un esteta extraviado, un cultor de la forma y un vicioso de los arcaísmos del placer.