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Los milagros mundanos de María

22 de enero de 2016 - 09:00 p. m.

Un famoso escritor colombiano sugiere que la Virgen del Carmen es una deidad menor.

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“Cuando hablo de los dioses, o de lo sagrado, los críticos creen que me refiero a la Virgen del Carmen”, dice el muy necio. Se equivoca. Ella es uno de los rostros de la Virgen María, la santa más adorada del mundo, la única que tiene papeles protagónicos en la Biblia y en el Corán. María es el origen secreto de la Reforma, pieza clave del ascenso social de la mujer, principio del culto moderno a la belleza y causa primera de la aparición del amor galante en el Bajo Medioevo.

A veces es morena, como la Maryam árabe, la Maya india, la Guadalupe mejicana, la Ezili Dantò haitiana o la Virgen del Cobre de Cuba; o blanca, como las madonas italianas de Boticelli, la Virgen de Fátima de Portugal y la Virgen de Knock de Irlanda.

Las cosas fueron más o menos así. En el Medioevo la mujer valía más que una vaca, pero menos que un caballo, y el amor era asaz primitivo, es decir, antirromántico. Y de pronto llegó María. La trajeron de Bizancio los cruzados y Europa cayó a sus pies. Para las mujeres fue una fiesta tener una diosa del género, para los niños un alivio frente al horror de las llagas y la sangre del Ecce Homo. Los novicios, internados muy jovencitos en los monasterios, encontraron en ella una dulce madre sustituta. Los artistas italianos la pintaron bella y blanca, y los hombres la amaron porque era virgen y joven, si nos atenemos a la impía imaginación del profesor Freud.

Para todos, María fue una divinidad mucho más cercana que el adusto Jehová. Las catedrales se llamaron “de Nuestra Señora”. Los fieles intercedían ante ella para lograr favores de su Hijo, e incluso para pedirle directamente milagros menores, como sucedía en Padua, donde le pedían un arco iris para calmar el llanto de un niño, o el relicario perdido en un río de la juventud, o una palabra que rimara con reloj o con frac, o que le saliera un grano en la nariz a esa flaca pelirroja que tenía locos a los muchachos del pueblo.

Muchas cosas cambiaron. La belleza femenina, un estigma, la máscara favorita del demonio, fue entonces sinónimo de bondad (el prejuicio moderno, que nos lleva a considerar buenos, honestos y capaces a los bellos, es también de origen mariano). Las siervas empezaron a copiar los atuendos de las madonas de los pintores, y nació la moda. Los hombres llevaban a la guerra un pañuelo de la amada y regresaban con un madrigal en los labios. A las doncellas ya no se las invitó más al lecho con un silbido o con un movimiento de cabeza sino con lays, flores, gemas y requiebros. Por la innegable devoción que despertaba, la Iglesia aceptó que la fe, una conexión personal con Dios, era la primera de las virtudes teologales infusas (de aquí saldrá uno de los arietes de la Reforma, el movimiento separatista que reclamará la eliminación de curas, obispos y demás intermediarios, privilegiando la relación directa del creyente con Dios).

Es probable que uno de los hechos centrales de la historia moderna, el nacimiento del individuo, deba más a María que al poder del capital y a la fundación de los bancos.

Madre de Dios, Casa de Oro, Arca de la Alianza, Espejo de Justicia, Torre de David, Estrella de la Mañana, Madre Admirable, Madre Inviolada, Torre de Marfil, Virgen Prudentísima, Reina de los Patriarcas… son ejemplos de la elocuencia que María sabe inspirar.

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