La semana pasada la Corte Constitucional “avaló” el matrimonio igualitario. Ignoro el alcance exacto de este aval porque aquí siempre hay otra instancia, otro debate, un inminente “choque de trenes” y “objeciones de conciencia”, algunas provenientes de instituciones y hasta de edificios.
Ah, y las tonantes amenazas del procurador contra los médicos y los jueces que se atrevan a cumplir leyes contrarias a los preceptos del Levítico.
Lo claro es que fue derrotada la ponencia negativa del magistrado Jorge Pretelt, que pretendía prohibir el matrimonio igualitario. Pero ahora hay que votar una ponencia positiva en la Corte y luego aprobar una ley en el Congreso, esa barricada de la moral donde Pretelt tiene puestas sus esperanzas: “La Corte ha traicionado al constituyente primario aprobando temas como el aborto y el matrimonio del mismo sexo (sic) a sabiendas de que no serán aprobados en el Congreso porque son rechazados por la mayoría de los colombianos”.
La resistencia que despiertan temas como el aborto, la eutanasia y el homosexualismo no es exclusiva de los sectores más etimológicos y apostólicos de la sociedad colombiana. Son temas tabú, es decir, cerrados al debate y malditos en el mundo. Para demostrarlo, basta recordar que solo uno de cada diez países aprueba el matrimonio igualitario y que recién ahora, en 1973, ¡la Asociación Norteamericana de Psiquiatría excluyó al homosexual de la lista de enfermos mentales! Poco después, en 1980, tener una pareja del mismo sexo dejó de ser delito en Colombia.
Estas consideraciones no afectaron al tabú. En 2008 el magistrado colombiano Nilson Pinilla dijo que “los homosexuales son enfermos a los que hay que prestarles atención psicológica”. Igual piensa el 62% de los colombianos, que detesta el matrimonio igualitario por elevadas razones semánticas, y el 70% los considera tan peligrosos que desaprueba la adopción de niños por parte de parejas gay (esta opinión es compartida incluso por personas tan cultas como Roy Barreras, a pesar de que el 92% de los abusos sexuales contra menores es obra de heterosexuales).
Con todo, hay que aplaudir la decisión de esta Corte, cuyas sentencias han avalado el derecho de los homosexuales a la educación, a no ser discriminados por su orientación sexual, a ser beneficiarios de la seguridad social y de la pensión de su pareja, tener visitas íntimas en la cárcel, formar una familia y adoptar al hijo biológico de la pareja.
El porcentaje de rechazo al homosexualismo baja de manera lenta pero sostenida, al menos en Occidente. Hasta el papa Francisco pidió “comprensión para la comunidad homosexual”. El año pasado, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos derogó la potestad de los estados de prohibir las uniones homosexuales, El Espectador celebró la sentencia con un editorial poético, casi militante: “La victoria del amor”. Es un título que marcó un punto de inflexión en el periodismo latinoamericano, cuyos redactores hacían malabares para disimular su homofobia; o, en el mejor de los casos, aplaudían el progresismo de ciertas leyes con un lenguaje frío y viril para dejar en claro que eran abiertos, pero no maricas.
Todavía falta mucho camino por recorrer. Cientos de millones de homosexuales aún sufren discriminación y atropellos en la calle, la escuela y hasta en su propia familia. Cientos de millones de personas no pueden expresar libremente su amor y son señaladas como enfermas y peligrosas por los ayatolas de la moral; unos sujetos, estos sí, realmente enfermos y peligrosos.