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Pilatos hace un gesto…

17 de diciembre de 2010 - 09:58 p. m.

RENÁN PENSABA QUE JESÚS TUVO una infancia común y corriente en Nazaret.

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 “Debió reír, correr, saltar y caer como cualquier niño, aunque bajo el cuidado de un ángel de la guarda especialmente solícito”, escribe preocupado el historiador en su Vida de Jesús. En las tardes, en las reuniones de los hombres en la carpintería de su padre, entre formones, compases y escuadras y virutas de cedro y de arce, fue conociendo Las Escrituras. Oyó esperanzado, como todos, la profecía que anunciaba el advenimiento del salvador de Israel. Debió ser un alumno aventajado porque desde muy temprano llamó la atención de los exégetas y los rabinos.

Se sabe que estudió medicina en Alejandría y que luego buscó a los magos en Mesopotamia (en la época, la magia comprendía astrología, botánica y alkabhalaj, arte adivinatorio del que derivó la cábala). Viajó por Fenicia. Estuvo en Tiro, Sidón y Samos. En estos viajes, quizás en los muelles que tocaban barcos griegos, aprendió el arte de la parábola y los ardides de la retórica. “Soy el que soy”. “Dad al César lo que es del César…”.

Los autores de los evangelios apócrifos recuerdan o imaginan el estupor de los niños que jugaban con él cuando los gorriones de arcilla modelados por el pequeño dios echaron a volar; el día que con una mirada furiosa petrificó al muchacho que se atrevió a injuriarlo; la vez que el látigo con que María lo iba a castigar se convirtió en serpiente; la vez que los techos de las casas de los recaudadores romanos en Nazaret amanecieron cubiertos de ratas.

Según una antigua leyenda cátara, Jesús formó parte desde muy joven de la secta de los sicarios, una organización clandestina que se oponía a la dominación romana. El nombre les venía del uso de la sica, una daga corta y curva que aún puede verse en el cinto de los beduinos. Un sicario podía alimentarse de cactus por meses, permanecer despierto durante una semana y recitar de memoria El Pentateuco. El odio era la falta más grave dentro de la organización; también el amor. Sus actos obedecían a móviles políticos o religiosos. El carácter secreto de la secta explicaría la desaparición del nazareno de la vida pública. Aunque escandalosa, la leyenda es plausible. Basta recordar que Jesús era un héroe y que los héroes no pueden juzgarse, ni regirse, de acuerdo con las leyes corrientes de los hombres.

Económica y coherente es la versión ortodoxa. Jesús no sale a la vida pública hasta los 30 años porque esa era la edad establecida para ser sacerdote de la Ley, o rabí. En el intervalo nada raro acontece. Lejos de aprender artes extraordinarias, superfluas para un dios, aprende a ser hombre: a trabajar, sufrir y amar.

Aún cabe otra posibilidad. Jesús sufrió toda su vida el acoso de los fantasmas de los miles de niños degollados por su causa. Con los años, el mal se agravó. Ni los viajes ni el trabajo ni el amor pudieron acallar los gritos truncos de los niños, el desgarrado clamor de las madres belemitas. Entonces desafió el fanatismo de su pueblo y provocó el recelo de un imperio, hasta encontrar al fin reposo en la máquina infame. Es decir, que en términos técnicos la crucifixión fue un suicidio.

Ninguno de los cronistas de la Antigüedad adivinó la importancia histórica de Jesús. Griegos y romanos fueron ciegos a la revelación. Claro que ya habían pasado los mejores días de Grecia, y que era difícil prever desde Roma la trascendencia de esa secta minúscula que perseveraba en una remota provincia del imperio. Nadie podía imaginar que en cuatro siglos el cristianismo sería la religión oficial del imperio; que el mundo adoraría una cruz.

Pilatos hace un gesto y Jesús desaparece; Jesús hace otro, y Roma es el Vaticano.

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