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Pites prodigiosos

13 de marzo de 2009 - 11:00 p. m.

LOS ENTOMÓLOGOS SON SUJETOS impredecibles.

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Para definir a los insectos podían decir que son pequeños y fuertes, que brincan, vuelan y joden, pero no, se limitan a registrar con su frialdad proverbial que los insectos son criaturas de seis patas. Esto no puede ser un criterio válido; ¡si lo fuera, la gallina sería parienta nuestra! La gallina y el hombre son bípedos, y la única diferencia importante es que la gallina puede doblar la rodilla hacia atrás.

Aunque detesto los insectos, los perros, los niños, las matas y los entomólogos, reconozco que los insectos son un capítulo muy singular de ese misterio que llamamos vida. Veamos.

Ahí donde usted los ve, esos pites son los decanos del planeta, llevan aquí la friolera de 300 millones de años, lo que significa que aparecieron 170 millones de años antes que las primeras flores, esas muchachas un tanto huecas y despistadas pero en todo caso encantadoras.

El nacimiento de los insectos se parece al delirio de un novelista gótico: empieza con algo en forma de serpiente que penetra la tierra, se teje un sudario de seda finísima, se contrae luego así, encapsulado, en una cosa sin boca visible ni extremidades, y permanece luego muy quieto, como una momia envarada, hasta que un día rompe su fina mortaja, desentierra su propia tumba y sale al mundo convertido en un pájaro alado. Frente a esto, hay que decirlo, la gestación del ser humano es francamente trivial, amén de pornográfica.

Sus destrezas no tienen límite: hay insectos que cosechan y tienen “ganado”, del que ordeñan un líquido dulzón; hay arquitectos capaces de construir viviendas que permanecen climatizadas todo el año, y cartógrafos capaces de dibujar, bailando, el mapa exacto del jardín que descubrieron esta mañana. Los hay carpinteros, papeleros, cazadores de esclavos y enterradores. Algunos tienen estructuras sociales mucho más complejas y organizadas que los grupos humanos (en realidad todos los insectos son más armónicos que estas joyas que leemos periódicos).

Los sabios se hacen, la avispa nace: una avispa común sabe, sin que nadie se lo explique, distinguir una oruga o una araña entre la infinita variedad animal del mundo, y conoce el punto exacto donde debe enterrarle el aguijón para paralizarla sin matarla. Entonces la transporta a su nido, pone un huevo, y cierra el nido y lo camufla. Cuando el huevo eclosiona, la larva devora la fresca y jugosa y paralizada víctima. “Hay algo en el insecto —escribió Maurice Maeterlinck— que parece ajeno a los hábitos, la moral y la sicología de este mundo, como si procediera de otro planeta más monstruoso, más dinámico, más insensato, más atroz, más infernal que el nuestro”.

Son la clase más numerosa del mundo animal: existen 115.000 especies de himenópteros (avispas, abejas y hormigas), 140.000 especies de mariposas y 250.000 de escarabajos. Pueden levantar cientos de veces su peso, saltar miles de veces su propia longitud y volar hasta nueve horas sin escalas.

Dominaron el vuelo 50 millones de años antes que las aves y los saurios voladores, como los pterodáctilos. Los insectos volaron antes de que las escamas se bifurcaran: antes de que algunas fueran plumas y alzaran el vuelo, y otras se volvieran pelo, como incitando caricias.

Su permanencia es pasmosa: con una sola excepción, todos los órdenes de insectos existentes en el Triásico (hace 230 millones de años) siguen vivos hoy, un récord de sobrevivencia que ningún otro animal superior ha podido igualar. ¿Cómo lo hicieron? Gracias a seis cualidades: son fuertes, pequeños, saben volar, saben adaptarse, son metamórficos y llevan, pragmáticos antes que “plásticos”, el esqueleto por fuera.

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