Las respuestas a la pregunta del título son obvias: para los creyentes, Dios es paradigma y fuente de la sacralidad.
El agua, el aire y los pájaros son sagrados porque son criaturas suyas. Para los ateos, Dios es un símbolo, un concepto cosmológico, y como tal puede ser “significativo”, “cultural”, incluso “histórico”, cualquier cosa menos “sagrado”, un adjetivo que sólo tiene, para ellos, valor metafórico.
Pienso en esto a raíz de las caricaturas de Charlie Hebdo y las tragedias de la semana pasada (“hebdo” es la abreviatura de una palabra larga, pretenciosa y fea, hebdomadaire, hebdomadario, tan inferior a la tranquila y natural semaine, semanal).
Para empatar estos párrafos, preguntémonos: ¿es ético hacer caricaturas de Dios? Para los orientales, la respuesta es “no”; para los occidentales… ¡tampoco! Occidente repudió la desproporción entre el acto, las caricaturas, y la respuesta, el asesinato de los dibujantes. Es una actitud muy semejante a la posición de los musulmanes progresistas, como la culta comunidad sufí, por ejemplo, pero Occidente no aprueba la blasfemia, y ni siquiera logra separar todavía las leyes de las creencias, por la sencilla razón de que también es un hemisferio creyente. Aquí y allá, Dios es un tabú, una potencia sobrenatural con la que no es prudente jugar.
El 7 de enero, Patricia Janiot, la presentadora (y súbita analista en caliente), dijo en CNN que las caricaturas de Charlie Hebdo eran “provocadoras”. Fue un adjetivo muy desafortunado porque justificaba, tácitamente, la masacre. Dos días después, el editorial de The New York Times explicaba que las caricaturas de Charlie Hebdo habían causado la violenta reacción del extremismo musulmán. Es el mismo error de CNN, con el agravante de que se escribió “en frío”. El papa Francisco dijo en Filipinas que “en aras de la libertad de prensa no se puede ofender la fe de los demás”. Obama no asistió a la manifestación del domingo. ¿Están todos —CNN, NYT, Obama y el Vaticano— pisando pasito?
La presencia de 44 líderes mundiales en la manifestación de París fue más un rechazo al terrorismo que una defensa de la libertad de prensa.
Viéndolo bien, tiene sentido que dos divinidades irascibles a las que jamás se les vio sonreír, Jesús y Alá, no toleren el humor. Aunque Jehová jugaba bromas pesadas (recordemos a Job y a Abraham) y Alá ordenó muy serio que un hombre no debía tener más de cuatro esposas (bueno es culantro pero no tanto, rugió el profeta), la risa es peligrosa porque agrieta el dogma, las columnas del templo, y espanta a los demonios, tan necesarios para mantener a raya a la grey.
Ponerle límites al humor es absurdo, y por fortuna imposible. Es como tratar de programar el deseo. El humor está siempre presente en todas partes, incluso en los funerales. Incluso contra el muerto. Sobre todo contra el muerto. Pedirle solemnidad a un caricaturista es pretender que traicione su credo, que renuncie a su veta más rica, la burla de la solemnidad. Pedirle que respete instituciones o tradiciones es cambiarle el lápiz por un abanico. Es pretender que el bufón se comporte como un discreto cortesano. Es pedirle carcajadas a Jesús, o tolerancia a Alá, o equidad de género a ambos, o lógica a las religiones, o generosidad a la banca o principios a la política.
Si alguien tiene dudas todavía sobre la importancia de la libertad de opinión en general, y del brío del dibujo político en particular, le sugiero que le eche una mirada a los bellos, agudos y furiosos trazos de la indignación, las respuestas de los caricaturistas a la demencia del extremismo musulmán.