Empecemos por decir que soy un sujeto fracasado en el amplio sentido de la palabra; y con tal rigor, que ni siquiera he fracasado completamente. También en esto he fallado. Por decirlo de alguna manera, soy un fracasado a tiempo parcial. Quizá de aquí viene mi amor por la teoría y mi envidia hacia los hombres de acción.
A ratos me consuelo pensando que no estoy solo, que me acompañan amigos como Alberto y Jorge Luis; gremios enteros, como los astrofísicos, los lógicos, los matemáticos y los filósofos, e incluso pueblos ilustres como los griegos, que adoraban el pensamiento y siempre consideraron la práctica y los experimentos oficios plebeyos; por eso fueron filósofos y geómetras.
Alberto, demos por caso, fue un notable físico teórico. El mejor. Todos sus “experimentos” eran de tablero, sus éxitos fueron relativos y sus fracasos absolutos, en especial su teoría del campo unificado, esa obsesión constante y de nombre variable: teoría final, teoría del todo, las supercuerdas… Un monstruo de once dimensiones, pocas ecuaciones y menos palabras, una entidad de verdad omnisapiente a cuyo lado Jehová es apenas un profeta aplicado y Gaia una muchacha descocada y errante en los extramuros nocturnos de la Vía Láctea.
Inepto para la ciencia práctica, me limito a leer ensayos de divulgación. Me encantan los de inteligencia artificial, id est, informática + computación + sospechosos símiles neuronales + rigurosa lógica matemática. No entiendo nada, por supuesto, pero no puedo apartar mis ojos de ese sánscrito. Me pasa lo que a la especie con el fuego, “al que no podemos mirar sin un antiguo asombro”.
Jorge Luis fue oximorónico, para decir de una vez palabras fatales. Fracasó en todo de manera exitosa (con la salvedad de que jamás condescendió al ripioso género de la novela) y teorizó practicando. Le vendió al mundo ensayos narrativos sobre teólogos y detectives, y ensayos en verso sobre rapsodas y cuchilleros, pero en realidad siempre estaba haciendo poética, es decir, teoría pura, o crítica literaria, una teoría aplicada. “Fue el último delicado”, dijo Cioran, el gran teórico del suicidio.
Incluso en el sexo, me inclino por la teoría. No voy a ignorar la belleza de la “comunión de los cuerpos”, como la llamaba el sicalíptico Octavio Paz, ese Don Juan chaparrito y locuaz, ni blasfemaré diciendo que la cópula es la bestia de doble espalda, para usar la terrible imagen de Shakespeare, pero encuentro la teoría sexual una actividad más higiénica y descansada que la sudorosa práctica.
Confesaré una perplejidad: ¿cómo clasificar la masturbación? Evidentemente, es demasiado virtual para considerarla real, práctica, y poco espiritual para llamarla teórica. Después de frenéticas meditaciones, Chuang Tzu llegó a la conclusión de que la masturbación era práctica con respecto a uno y teórica con respecto al otro. Para los pueblos indígenas, es magia parasimpática; para los griegos, catarsis; para Kant, la cosa en sí. Lo cierto es que, ya se ejecute por mano propia o ajena, amorosa o mercenaria, es un derecho demasiado humano y un tris vergonzoso.
Además del tremendo lapso del tiempo del coito en sí, están el “antes” y el “después de”. Para pasar a sábanas con una mujer inspiradora, hay que ser esbelto y adinerado, y sortear un complejo ritual que implica el dominio de las artes del baile, la gastronomía y la conversación. Es decir, millonario pero astronauta. Y el “después” es no menos terrible, cuando los ánimos y las ropas yacen exangües sobre el piso. Es un momento tan difícil que sólo el amor puede llenarlo, porque, como ya lo dijo Woody Allen, el sexo sin amor es una experiencia vacía, aunque, como experiencia vacía, ¡es de lo mejor!