La columna del domingo pasado de Piedad Bonnett hace una denuncia escalofriante. A “Graciela” le descubrieron que su bebé de 22 semanas de gestación presentaba múltiples malformaciones, y un médico ordenó el aborto porque “la vida del bebé era inviable y ponía en alto riesgo la vida de la madre”. Graciela, una mujer de 33 años y de bajos recursos, fue al Hospital San José con la orden de su EPS para que le practicaran una IVE (Interrupción Voluntaria de Embarazo): la respuesta fue más fría que estas siglas: “No nos encontramos habilitados para prestar el servicio de feticidio”. Es decir, ¡lárgate, bruja homicida!
Tampoco quisieron atenderla en el Hospital San Ignacio, donde una médica le dijo que ni ella ni nadie le haría una IVE en esa institución confesional, ¡y la remitió a cita con una estudiante de psiquiatría! ¿La consideraron loca por solicitar un aborto o, profesionales y compasivos, previeron que la iban a enloquecer y aplicaron los protocolos de la medicina preventiva? Tampoco quisieron atenderla en la Fundación Santa Fe. Las tres instituciones adujeron, además de sus razones morales, levíticas y paleolíticas, que después de la semana 11 no realizaban abortos, límite que no aparece por ninguna parte en la sentencia de 2006 de la Corte Constitucional, el histórico fallo que aprobó el aborto terapéutico en Colombia.
(¿Puede una institución alegar objeciones de conciencia? ¿Mezclar credo y ciencia? Si es así, deberían dejarlo claro en la marquesina; por ejemplo, Clínica de los Hipertensos de los Últimos Días).
Finalmente, y gracias a una tutela, Graciela ganó la pelea. Piedad Bonnett cuenta así este macabro triunfo.
“El hospital La Victoria realizó el procedimiento, pero con castigo incluido. No iban a dejar que una mujer abortara así no más. Graciela estaba con otras dos pacientes de IVE por las causales de ley. Aunque suplicaron, las enfermeras no les dieron bata. Ni siquiera un pato. La puerta permaneció abierta y todo el que pasaba podía ver a aquellas mujeres desnudas y gimiendo. Las tres debieron compartir la misma bolsa para el vómito. Su esposo se encargó de limpiar a Graciela, que pujó y pujó, con un feto de casi seis meses en su vientre, sin que le dieran siquiera una aspirina. Sufra, mamita, por abortar. A la chica de 17 años que estaba a su lado, que fue violada, estaba sola y no dejaba de llorar, la enfermera le puso enfrente el feto que arrojó. Graciela no murió, como le vaticinó su médica, pero la enviaron a su casa sin antibióticos ni desinflamatorios, y duró sangrando y con fiebre hasta que la salvó un médico particular.
“Y pensar que los que condenan el aborto lo hacen en nombre de la vida, de la moral y del dios compasivo del cristianismo”.
La cosa no termina aquí. El caso de Graciela está en manos de Cristina Pardo, una magistrada que ama la palabra “feticidio” y considera que la violación no es una causal de aborto.
Paradojas de la vida: mientras acá, en la tierra de Bachué y la Pachamama, cuyos templos fueron incendiados por las hordas de la espada y la cruz, muchas instituciones “científicas” se rigen por los preceptos de Jehová y alegan objeciones de conciencia (pero solo contra pacientes pobres, coincidencialmente), en la tierra de Jehová los médicos obran con criterios modernos y humanos. Israel tiene la legislación más liberal del mundo. Cualquier mujer puede, entre los 20 y los 33 años, practicarse un IVE sin que medie razón médica alguna. Las menores de 20 deben pasar por una asesoría psicológica previa. Para las mayores de 33 existen consideraciones técnicas específicas. Ninguna israelita tiene que observar los preceptos de Jehová, al que consideran un alto profeta, no Dios.