Venciendo naturales escrúpulos, y con la venia de los lectores, me ocuparé hoy de un asunto penoso.
Por alguna oscura razón, los efluvios del cuerpo han ejercido una atracción irresistible sobre la humanidad. Dicen, por ejemplo, que Napoleón le escribía a Josefina esquelas muy precisas: «Querida, estoy en Siberia destripando cosacos. Regreso en quince días. Si te bañas te mato». En consecuencia, los escritores, especialmente los más vulgares, se han ocupado con fruición de estas materias. Desde Horacio hasta Rabelais, desde Quevedo hasta Cela, la mierda y otras secreciones íntimas han sido insumos caros de las bellas letras. Entre nosotros, Antonio García se ocupó del flato en una página ya famosa de su novela Recursos humanos, donde insertó reflexiones precisas sobre la termodinámica del pedo, cuesco, ventosidad o borborigmo. Allí viene, entre otros datos esotéricos, la ley de los gases de Gay-Lussac: «A temperatura constante, el volumen del pedo es inversamente proporcional a la presión intestinal». Esto en cuanto al volumen. En cuanto al ruido, el explosivo fonema del flato —es decir, la cosa en sí, como diría Kant—, se sabe que depende de la velocidad de escape del gas y de la estrechez del orto, esfínter o asterisco del sujeto en cuestión (teorema de Bernoulli del “mueco”).
Digo sujeto porque, como es sabido, las damas jamás peen. Ojo: si pee, no es dama, es un travesti o un transgenerista. Algunas cónyuges, me asegura el experto en neumática Eduardo José Victoria, expelen de tarde en tarde gases nobles, suspiros bajitos, pero jamás un pedo hecho y derecho.
Si las damas no peen, los caballeros no huelen. En caso de pedo, la etiqueta aconseja mantener la calma. Nada de aspavientos. En solidaridad con el “mueco”, nada de muecas. Aunque sabemos que los flatos están compuestos de partículas en suspensión, es decir, materia contante y sonante, no debemos taparnos la nariz ni proferir interjecciones de asco. Hay que hacer de tripas corazón —máximo un respingo, algo que deje en claro que no somos los autores del desaguisado— y seguir como si nada. Si el flato es suyo, igual: un flemático respingo y ya. No sobreactúe. Relájese. Recuerde que las narices son chicas despistadas que nunca saben de dónde vienen los olores.
Me asegura Victoria que hay genetistas trabajando en una variedad de fríjol que no produce flatos, y variedades de col y brócoli que producen flatos con olor a lavanda y jazmín, respectivamente, y vacas cuya leche produce gases con olor a campiña primaveral y una raza de gallinas de huevos que producen unos gases cuya vida media es más breve que el polvo de un gallo.
Lo que nadie sabe es a dónde van los pedos que se abortan por distracción, exceso de presión social o insuficiente presión intestinal. Algunos fisiólogos creen que estos flatos (del latín flatus, soplo) se convierten en eructos, otros creen que asoman luego en cámara lenta, como la cabeza de una tortuga, y otros aseguran que se transmutan en acné y pategallina, pero las investigaciones recientes se inclinan por la hipótesis de que van a dar a un infierno silente, un agujero negro común, para ser expelidos luego por la boca de María Fernanda Cabal en ocasiones solemnes.
Para evitar malentendidos, doy fe de que no es la intención de estos investigadores ofender a nadie y mucho menos al pedo.
Dicen que Victor Hugo era tan elegante que acostumbraba toser para camuflar la trompeta de sus flatos. Pero igual olían, claro. Hasta que un día, molesta por la manía del gran hombre, la duquesa de Cadignan rezongó después de uno de estos combos pedo-tos: «Incluso a los mejores poetas les disuenan algunas rimas».