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Sobre un antiguo problema

17 de septiembre de 2013 - 11:43 a. m.

Quizá no haya un problema más fascinante que el de la existencia de Dios. Los ateos se asombran de que los creyentes acepten semejante fábula.

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No les cabe en la cabeza que pueda existir una entidad tan poderosa y sabia y, a la vez, preocupada por las minucias íntimas de cada uno de los bichos de la vana y arrogante especie humana. Los creyentes no pueden entender la incapacidad de los ateos para leer las pruebas de la magnificencia divina en el elocuente alfabeto de las maravillas de la naturaleza. Les cuesta aceptar que los ateos encuentren inverosímil la historia sagrada y que, en cambio, crean ciegamente en el talento creativo de una entidad de la que no saben nada, el azar.

A los ateos, sujetos racionalistas, les molesta el carácter mágico de los dioses, su maniática costumbre de llevarse por delante las leyes de la ciencia. Esperan, con una candidez enternecedora, que las almas y los fantasmas respeten las leyes de la termodinámica y que Jehová ajuste sus actos a los dictados de la lógica aristótelica.

Los creyentes soportan mejor unas teorías científicas que otras. El big bang, por ejemplo, es un ruido inaceptable en la partitura de la música de las esferas del Génesis, por supuesto, pero los teólogos se sobreponen con presteza y nos explican que el bosón Higgs es una partícula obviamente divina. La biología, en cambio, los irrita en grado sumo. La insinuación de que Adán no fue una creado sino evolucionado, les produce erupciones en la piel. Ni siquiera transigen con la conciliadora teoría de Teilhard de Chardin, el jesuita que sugirió que la selección natural era una argucia de Dios, el mecanismo terreno de la Creación.

Ni siquiera Gilbert Keith Chesterton, la inteligencia más aguda de la cristiandad después de San Agustín, se traga el sapo de la evolución. Comprendiendo que el terreno de la ciencia es un campo minado, el astuto inglés opta por el arte: “¿Dónde están los balbuceos del arte rupestre, los bocetos torpes del hombre primitivo? –se pregunta–. Nadie los ha encontrado en siglos de excavaciones. No hay primitivismo en las cavernas. Desde el primer momento, la mano humana supo trazar sin vacilaciones los inspirados y modernos dibujos de Altamira y Lascaux”. 

El descreído Bernard Shaw receló siempre de la omnipotencia divina. “Hasta Dios tiene límites –dijo una vez este insigne hereje–: en los sitios de peregrinación hay vendas, muletas y gafas de ciego; nunca piernas de palo ni ojos de vidrio”.

Bertrand Russell, un ateo cauto, recurre a la teoría de la probabilidad. “Un hombre sabio debe ser creyente –aconseja–: si Dios existe, puede ir al cielo; si no existe, no pasa nada”.

Pero las mejores frases sobre Dios son las del Cioran, un filósofo rumano que blasfemaba en francés y se definía como “un teólogo sin Dios”. Cioran dijo: “No soy creyente porque no me ha sido dado el don de la fe”. Cioran dijo: “No puedo ser cristiano porque no me siento capaz de todo el amor ni de todo el perdón que esa doctrina exige”. Cioran dijo: “Escribir y venerar no pueden ir juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarlo desde arriba”.  Cioran dijo: “Si alguien le debe todo a Bach, es Dios”.

El rumano no dijo nada nuevo. Todas sus ideas, todas sus “calumnias contra el universo” ya habían sido escupidas antes por los existencialistas y antes por los nihilistas y en la Antigüedad por los escépticos, pero lo remozó todo con un estilo espléndido. Él, que no creyó en nada, ni siquiera en el caos, ni siquiera en el fracaso, fue un devoto cultor del estilo. Y así, gracias a su buen pulso, se está ganado un lugar eminente en la gloria. No me extrañaría que estuviera ahora mismo a la diestra del Padre.

 

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