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Taller de escritura

23 de enero de 2015 - 08:04 p. m.

¿Para qué sirve la literatura? Depende: si lo que usted necesita es un gato hidráulico, no sirve para nada; pero si busca un instrumento de alto poder, no hay nada mejor. Por ejemplo:

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La literatura es memoria. “Los hechos más preclaros –le dice un rey a su poeta– pierden su lustre si no se los amoneda en palabras. Yo seré tu Eneas, sé tú mi Virgilio” (Jorge Luis Borges, “El espejo y la máscara”).

La literatura es potencia. Agrega una dimensión aguda al lenguaje. No se limita a comunicar: también conmueve. Sobre todo conmueve. Siempre añade al mensaje una carga emocional y un halago estético. Por eso acude a ella el general que arenga a las tropas, la muchacha que seduce al vecino, la señora que cuenta una tragedia, el ponente que quiere persuadir, el parroquiano que quiere injuriar.

La literatura es fiesta, una diversión sofisticada pero diversión al fin. Nos entretienen sus historias y su música.

Advertencia: estamos ante un juego que puede modificarnos de manera muy íntima. Muchas veces, la persona que cierra un libro es diferente a la persona que lo abrió.

Por todo esto, no es aventurado decir que la literatura juega un papel clave en la sumatoria de factores que deben concurrir para que el mundo sea más amable y la civilización prevalezca.

Es con estas razones –o con esta fe, si se quiere– que vengo dirigiendo un taller de escritura en Cali con el patrocinio de Comfandi desde 2010. Es un espacio de creación que ha ganado prestigio en el país por los numerosos premios obtenidos por sus estudiantes en certámenes nacionales e internacionales (no sobra aclarar que son los estudiantes quienes ganan los premios, no el director).

Los contenidos del curso comprenden la crítica literaria, el ensayo de divulgación, la crónica y el cuento. La crítica es la poesía ante el espejo, las letras mordiéndose la cola, literatura sobre literatura, el oficio de Aristóteles, Wilde, Borges y Steiner; lo aprecio a pesar de la maldición de Saint Beuve: “Jamás se le erigirá una estatua a un crítico” –o quizá por esto mismo–.

El ensayo de divulgación científica recoge información de la ciencia dura, aligerándola de ecuaciones y léxico especializado, para ponerla en un lenguaje accesible. Nos trae las noticias de los hallazgos que se producen en los laboratorios. Si “Dios hizo al gato para que el hombre pudiera acariciar al tigre”, el ensayista de divulgación tiene una función no menos humilde y necesaria: es el cartero que nos trae noticias de los genios.

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La crónica es una suma de noticia y narrativa, el poderoso híbrido que idearon los escritores en las salas de redacción a mediados de los años cincuenta (Capote, Gabo, Talese, Mailer). Esta suma, y la internet, fueron los sucesos más importantes de la informática en el siglo XX.

Y el cuento, el principio de todo. Anterior a la épica, al drama y a la lírica, el cuento nació inmediatamente después del gruñido y antes del silbo, cuando los cazadores doraban perniles en torno al fuego y exageraban sus hazañas bajo una bóveda constelada de estrellas, dioses y planetas. El cuento es un invento feliz, un ingenio que sabe a luna y huele a mil y una noches.

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Tengo que decirlo: cubrimos más géneros que cualquier otro taller colombiano (modestia, ¡apártate!).

Como nuestros debates desbordan con frecuencia la literatura e invaden otros campos (ética, política, ciencias, humanidades), podemos definirnos como un centro de pensamiento con énfasis en escritura literaria.

 

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