Hoy es 7 de agosto de 2017. Hace un año el Gobierno y las Farc firmaron el acuerdo final de las conversaciones de La Habana.
En noviembre el “sí” ganó el plebiscito de manera holgada. “Se impuso la mermelada”, dijo RCN. “Triunfó la sensatez”, tituló El Espectador.
El balance es confuso. El programa de restitución de tierras apenas llega, luego de seis años, al 10% de su meta. Los funcionarios trabajan a media marcha, y el campo no es el gran amor del presidente. Los bandazos en lo rural son la más grave inconsistencia de su gestión. Los de la otra orilla, en cambio (latifundistas torvos, ciertos, palmicultores, ganaderos y notarios, abogados solícitos, pistoleros sin insignias, algunos policías) trabajan con entusiasmo y sin descanso.
El descenso del área de los cultivos ilícitos es pequeño. La corrupción no da tregua. La cultura política del colombiano promedio sigue siendo muy baja. La oposición trabaja sobre esta veta y adelanta eficaces campañas de desinformación. La participación de los hombres de las Farc en política ha tenido muchos tropiezos, unos externos (como la “mano negra”) y otros internos (su farragosa retórica, la nostalgia de la guerra). Para sus adentros, el Eln sigue pensando que el secuestro es menos inmoral que el narcotráfico. La tétrica sombra de Germán Vargas se cierne sobre el horizonte.
Con todo, muchas cosas están cambiando. La firma de los acuerdos ha generado una vigorosa oleada internacional de solidaridad con Colombia. Llegan recursos económicos y humanos de diversas entidades filantrópicas del mundo, la ONU, la Unión Europea, Estados Unidos, Latinoamérica y el oriente asiático. De manera paradojal, las víctimas muestran más disposición al perdón y menos odio que millones de personas que solo conocieron la guerra por televisión.
Recorren el país legiones de expertos nacionales y extranjeros. Agrónomos, ambientalistas, jurisconsultos, psicólogos, políticos, artistas, economistas y antropólogos meten el hombro en la dispendiosa tarea de juntar los pedazos de la nación. Unos hacen “pedagogía del posconflicto”. Otros levantan la cartografía etnográfica del país, el mapa de sus pueblos, lenguas y cosmologías. Hay terapeutas que filtran bálsamos para restañar las heridas de la guerra. Hay técnicos que tratan de resolver los “pendientes” de La Habana y hombres de leyes que se ocupan de los vacíos jurídicos.
Ya sin el ruido de la armas, la polarización ha mermado, la oposición afinó sus argumentos y el debate ganó vuelo y seriedad. Los columnistas y los investigadores tienen mil temas. Unos escriben sobre educación, los contenidos, los métodos, los objetivos: ¿se educa para formar hombres sabios o competentes, eruditos o técnicos, exitosos o solidarios? ¿Se pueden conciliar estos extremos, formar bellos ornitorrincos, por ejemplo sabios exitosos, técnicos competitivos y solidarios?
Otros escriben historiografías de nuestra azarosa y desconocida historia. ¿Nuestro infierno lo diseñó España, el Frente Nacional, cuatro cachacos, dos gringos, el narcotráfico, la guerrilla o Jehová? Otros imaginan variantes humanas de la economía de mercado, la esquiva fórmula de una administración pública sostenible.
El PIB colombiano es el mejor de la región. La economía se reactivó. Una buena parte de los $28 billones que antes se destinaban para la guerra, ahora se invierte en programas sociales.
Colombia no es el paraíso, pero está saliendo de una larga noche y busca un lugar digno bajo el sol. Quiere ser un país que no se avergüence de su historia y un Estado capaz de garantizar derechos, servicios y oportunidades a todos sus habitantes.
Muchos piensan que el futuro es incierto, pero nadie quiere volver atrás.