Existe en la crítica una conjetura que ha ido ganando con el tiempo fuerza de dogma: no hay progreso en el arte. La demostración es económica y persuasiva, y se apoya siempre en la enumeración de obras prestigiosas: «Las pinturas de Altamira, La Ilíada, el Partenón y el David no han sido superados en siglos de aplicación, y las mejores obras de hoy son, si acaso, tan notables como estas cimas de la creación humana».
La refutación de este prestigioso embuste cabe en dos líneas: en las obras distinguimos el tema y la técnica. Los temas son los mismos ahora que hace dos mil años: la muerte, el amor, los mitos, la guerra, la ambición, la justicia (la modernidad sólo ha añadido dos temas: el doble y la inteligencia artificial). Pero las técnicas se depuran todos los días. Por lo tanto el conjunto tema/técnica tiende a ser mejor cada vez. Ergo, el arte progresa.
El descubrimiento de las leyes de la perspectiva por Paolo Ucello y Piero de la Francesca en el siglo XV, el invento de los signos de puntuación por los gramáticos de la Biblioteca de Alejandría y la adopción de una gestualidad natural en la actuación, por ejemplo, hicieron de la pintura, la literatura y el cine instrumentos mucho más finos y poderosos.
Aclaremos que no tengo vocación de iconoclasta, ni pretendo convertirme en evangelista del culto a todo lo moderno. Lo que quiero, antes que convertir a nadie a mi «herejía», es explicarme a mí mismo algo que no puedo soslayar: ninguna obra literaria me conmueve tanto como algunos libros del Siglo XX; los mejores libros del Siglo XIX me parecen superiores a los del XVIII y, extrapolando, aventuro que las obras literarias del siglo ene son superiores a las del siglo n-1.
Demostrar que la literatura progresa, que sus estructuras son cada vez más ágiles, que el lenguaje literario es cada vez menos redundante y que el autor contemporáneo es más elíptico porque aprovecha mejor la inteligencia del lector para alcanzar sus propios fines, es algo sencillo. Basta comprobar que la gravitación y el espíritu de Roma está más vivos en una página de las Memorias de Adriano de Margarita Yourcenar que en los volúmenes de Declinación y caída del imperio romano de Edward Gibbon; que la crítica de Borges es mejor que la extraordinaria crítica de Valéry –que es superior a Wilde, que es superior a Saint Beuve–; o que, comparado con la amoralidad y la agudeza psicológica de A sangre fría, Crimen y castigo nos parece ahora un sermón demasiado obvio.
Si progresan la medicina y la matemática, los textiles y la marroquinería, la orfebrería y la arquitectura, la cosmetología y el diseño, ¿por qué no habría de hacerlo el arte? ¿Era el artista de ayer más inteligente que el de hoy? ¿Más sensible? ¿Tenía más recursos técnicos? ¿Más temas? Definitivamente no. Entonces?
Hay obras del pasado que conservan plena vigencia, claro, pero deducir de aquí que el arte no progresa es una inferencia gratuita. Equivale a afirmar que la física no progresa porque seguimos admirando la obra de Newton. El promedio del arte es ahora más alto que en el pasado, y resulta lógico suponer que seguirá aumentando, salvo que postulemos una crisis mundial del talento por efecto de la entropía, del cambio climático o por un virus procedente del espacio exterior.
Es el narciso del artista el que lo que lo lleva a pensar que todo puede progresar –las ciencias, los oficios y hasta el crimen– pero no el arte. En el fondo, esta actitud revela la pretensión de encerrarse en una esfera sagrada, en un útero hermético y atemporal; de aferrarse a la tierna esperanza de que puede fraguar una obra que no será superada nunca.