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Un espléndido fracaso

02 de diciembre de 2011 - 06:00 p. m.

Todo lector tiene sus aberraciones y yo no soy la excepción: tengo dos.

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Una es mi debilidad por los ensayos de inteligencia artificial, un tema relacionado con neurología, computación y lógica matemática. Lógicamente, no entiendo nada pero no puedo dejar de leerlos. Me hipnotizan. El otro subgénero que estudio es la poética, es decir, la teoría literaria repensada por los maestros, una suerte de filosofía de la composición que reemplaza los preceptos de los manuales por las gambetas de los grandes autores (“el criminal es el artista; el crítico, apenas el detective”).

Me gustan en especial los “poéticos” desbordados, unos señores incontinentes que empiezan teorizando sobre los hemistiquios en Homero y terminan jubilosamente extraviados en los laberintos del tomismo, la física de partículas, la etología o la publicidad, todo a la vez, moviéndose a tientas en lo que George Steiner llama “las interfaces de las ciencias”, como el mismo Steiner.

No son muchos los autores capaces de urdir “poéticas totales”, por llamarlas de alguna manera, y participar sin desfallecer en semejantes orgías. En América Latina hay dos y medio especímenes, y uno de ellos es caldense: Orlando Mejía Rivera, un señor que lo sabe todo, literalmente hablando. Médico internista, tanatólogo, profesor de literatura y mimado por Carmen Balcells, Mejía tiene un librito, Poesía y conocimiento, que es el borrador de la obra más ambiciosa del ensayo latinoamericano. A su lado, muchos autores consagrados, muchas obras de ambas márgenes del Atlántico, resultan primitivas, parciales. Poesía y conocimiento es una suma del pensamiento, una enciclopedia razonada de las novedades de la ciencia, una original propuesta epistemológica y un foro de nuestras más urgentes incertidumbres. Porque Mejía no es meramente erudito, no: sabe repensar toda esa información, especular con agudeza y hacer divulgación en buena prosa.

Las poéticas son obras muy difíciles, por supuesto, pero cuando los astros son propicios pueden atrapar verdades esquivas, “soñar con un plano del laberinto”, parir un organismo teórico esférico, un vasto fresco cosmológico, nuevas estéticas, una ética libre de fundamentalismos, una religión laica, unos criterios que nos permitan resolver de manera justa los diferendos de las naciones y las querellas de los particulares.

Si todo fallara, si semejantes ambiciones no resultaran ser más que ingenuas utopías, el “poético” puede intentar un desquite soberbio: reducir al absurdo la posibilidad de la empresa, demostrar con un teorema de la teoría de juegos que la paz del mundo es inalcanzable y con un aforismo que el cerebro es incapaz de entender siquiera su propio funcionamiento.

Dije que el libro de Mejía era un borrador. Esta ligereza exige una explicación. Poesía y conocimiento es un borrador porque la sociología ha sido forzada para que encaje en los presupuestos del autor; porque en algunos pasajes la forma habría podido ser más precisa; porque toda obra humana es un apunte ya que somos bocetos de un dios distraído, y nos toca acabar de esculpirnos con nuestras propias manos y no sabemos (muerto Escher) cómo auto-tallar la última falange; es un borrador porque las grandes teorías colapsaron y aún es demasiado pronto para reponernos del golpe, levantarnos, tomar aliento, volver al pupitre, repensarlo todo y escribir nuevas sumas; pero, sobre todo, porque Poesía y conocimiento es un libro que enfrenta unas paradojas insoslayables: hacer una presentación lógica de un mundo inconsistente, probar un teorema del caos, cantar el poema del ruido.

Desde este punto de vista, el libro de Orlando Mejía es uno de los fracasos más espléndidos del género más ambicioso, las poéticas desbordadas, llamémoslas así.

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