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Un jueves movido

24 de junio de 2016 - 09:00 p. m.

Pasó de todo el jueves: Venezuela perdió una votación en la OEA, Ganó el “sí” en Inglaterra y se firmó en La Habana el cese al fuego en Colombia.

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El triunfo de la votación a favor de que Almagro leyera un informe sobre la crisis humanitaria en Venezuela, lectura que intentaron vetar la canciller venezolana y su embajador ante la OEA, se produjo por dos razones: la primera, la inteligencia de Almagro, que suavizó su postura y centró la discusión en el informe y en el diálogo Gobierno-oposición y no en la expulsión de Venezuela del seno de la Organización. La segunda razón fue la vergüenza de América. Después de años de ignorar el desmadre del régimen venezolano, varios países, entre ellos Colombia, empiezan a endurecer su posición contra la dictadura de Maduro.

La salida de Inglaterra de la Comunidad Europea es un golpe a la civilización. La Comunidad es el más amplio acuerdo internacional firmado nunca, el único continental y el más noble intento de la humanidad por borrar las fronteras y crear lazos de solidaridad entre las naciones. La Comunidad se sustenta en la fuerza económica de tres países: Alemania, Inglaterra y Francia. La salida de Inglaterra la debilita, estimula la salida de otros países y puede provocar que Alemania y Francia recorten sus ayudas a los países más pobres de Europa. El efecto colateral más lamentable será el fortalecimiento de la xenofobia en el mundo.

La firma de La Habana es el suceso más importante de la historia de Colombia. Su trascendencia supera a la de cualquier otro suceso. El Frente Nacional, por ejemplo, puso fin a la violencia partidista, pero fue un acuerdo excluyente. El de La Habana será un acuerdo de inclusión, que es justamente lo que irrita a la ultraderecha.

El rechazo que la paz suscita en un sector de la población obedece a varias razones: la vieja tradición excluyente de la sociedad colombiana, la tentación paramilitar y los odios y las heridas producidos por decenios de una guerra de “baja intensidad” y de altísimas crueldades.

También es un problema de imaginación. Es difícil imaginar la paz por la sencilla razón de que no la conocemos, y concebirla resulta tan difícil como imaginar un universo de cuatro dimensiones espaciales, o la vida sin la participación del átomo de carbono, o un banquero generoso, o un caudillo sensato.

¿Qué se viene ahora? Muchos retos complejos. Para las Farc, enfrentar desarmados un establecimiento de alta peligrosidad, proclive al paramilitarismo y a la “mano negra”, y luego participar, con el discurso farragoso que los farianos estilan, en ese turbio laberinto de intereses que la política colombiana.

Para la sociedad, el reto es confiar en unos guerrilleros que nunca le han inspirado confianza. La sociedad colombiana despreció al principio a las Farc por sus ideales, y la despreció al final porque “había perdido sus ideales”.

Las Farc son solo una variable de esa intrincada ecuación llamada Colombia, pero es una variable importante. Eliminarla como grupo armado (esta es la hazaña de La Habana) es un gran paso hacia adelante. Significa secar ríos de sangre, salvar montañas de oro, dejar sin flujo de caja a los mercaderes de la guerra y sin tema a sus oradores, empezar la cicatrización de las heridas de los combates, ponerle fin a la polarización de los debates y ganar serenidad, tiempo y recursos para enfrentar los otros grandes problemas que afectan a la Nación.

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El camino recorrido ha sido duro y provechoso. Ahora somos menos bárbaros que el año pasado. Depende de todos lograr que dentro de un año los debates tengan más vuelo y que en diez o 20 años tengamos un nivel de desarrollo humano acorde con las riquezas del país.

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