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Un taller de escritura

15 de enero de 2016 - 03:25 p. m.

¿El artista nace, se hace o pace?

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Mientras los metafísicos discuten si el niño Mozart era un espíritu reencarnado o un marcianito con peluca, lo mejor es ponerse a trabajar. Salvo algunos casos misteriosos, todo indica que los artistas se hacen a mano.

¿Puede formar escritores un taller de escritura? Tal vez no. ¿Puede formarlos un círculo literario, un grupo de amigos? ¿Ciertas experiencias? ¿Un programa de lecturas más o menos azaroso? ¿La universidad? ¿Los ejercicios de composición? Quizá tampoco. Quizá ninguna de estas estrategias baste por si sola para formar un escritor. Parece que son necesarias todas. Lecturas, ejercicios de escritura, amigos, vivencias. Pero es claro que la universidad y los talleres pueden facilitar el proceso porque reúnen dos elementos claves: un método y un ambiente. Trabajan sobre lo enseñable, las técnicas, y brindan un ambiente estimulante: un conjunto de personas con intereses comunes. Lo demás, el soplo misterioso de la inspiración, escapa a la órbita académica. Cada cual debe arreglárselas con los ángeles del estilo.

Me interesa el tema porque dirijo un taller de escritura en Cali. El Taller Comfandi. No sé si mis estudiantes aprendan algo allí, pero al menos yo aprendo muchas cosas de ellos. Confieso con rubor que es el taller que más géneros comprende y el que más premios gana.

¿Por qué será que perder y ganar producen vergüenzas parecidas?

Sea como sea, hay que decirlo: mis estudiantes ganan premios dentro y fuera del país y alguna vez una de ellas arañó el Grammy del álbum de música infantil. No voy a reclamar méritos ajenos. Muchos de mis estudiantes llegan al Taller con un bagaje muy rico. Son casi escritores hechos y derechos que pulen allí alguna aspereza del estilo o que un día descubren, con un punto de alarma, que esa metáfora novísima que creyeron acuñar anoche, data en realidad del siglo XVI. Para esto puede servir un taller. Para que tu condiscípulo te baje de la nube sin miramientos. Tal vez el único mérito del Taller Comfandi resida en su poder de convocar personas con talento. Y de la sinergia resultante, brotan de tarde en tarde resultados felices.

En el Taller estudiamos cuatro géneros: cuento, ensayo, crónica y crítica literaria. Estudiamos el cuento porque no podemos renunciar al placer de decir, por ejemplo: “Hubo un hombre, una vez, que concibió el insensato proyecto de buscar el elíxir de la seducción”.

Estudiamos el ensayo porque sospechamos que es una suerte de máquina de pensar. Estudiamos la crónica porque es periodismo narrativo; es decir, con alma. Y estudiamos la crítica porque sí. Es bella, obsesiva, siempre está hablando de literatura, y es irremplazable a la hora de evaluar nuestros ejercicios. Lo que no es crítica, es numismática o filatelia. Este año el Taller tiene una novedad, un módulo de poesía que estará a cargo de la poeta venezolana Betsimar Sepúlveda. Su inclusión obedece al afán de balancear el sesgo demasiado racional del Taller. Nos interesa convocar esa oscura potencia: “Amanuense de los rumores de un dios cuyas distracciones debe suplir, el poeta ensaya la construcción de un orden posible”.

Iniciamos tareas en febrero. Hablaremos hasta de literatura. También de ciencia y humanidades, de cosas prosaicas y cotidianas, porque somos ciudadanos antes que literatos, y el literato debe dialogar con el científico, el filósofo y el político. Trataremos de ser dignos de la riqueza y la precisión de ese antiguo instrumento, la lengua española. Levantaremos una barrera de palabras, de frágiles y eternas palabras, ante el avance de las hordas de los bárbaros, ¡sin cuidarnos del fracaso, Sancho, que las cosas grandes con intentarlas basta!

j-clondono@hotmail.com

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