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Venezuela, historia reciente

27 de mayo de 2016 - 03:19 p. m.

Todos conocemos el dramático desastre social que vive Venezuela y nadie duda de la criminal responsabilidad que le cabe al régimen que gobierna (es un decir) ese país. Pero es bueno recordar que Cilia, Diosdado y Maduro no crecieron por generación espontánea. Repasemos la historia reciente.

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El coronel Hugo Chávez ganó las elecciones presidenciales de 1998 capitalizando el descontento de una población harta de soportar por decenios las trapisondas de los Lusinchi, Caldera, Pérez, etc., e inició una revolución con una mezcla variopinta: proyectos ambiciosos, inversión social fuerte, populismo, carisma, folclor y movimientos suicidas. Entre las buenas ideas estaban la creación de un banco regional, la restricción de la minería extractiva, el fomento a la agricultura, proyectos energéticos trasnacionales y la formación de un bloque latino capaz de negociar en pie de igualdad los TLC con las economías fuertes del mundo desarrollado.

Este ideario era tan interesante que recibió el apoyo de la intelectualidad venezolana, como Teodoro Petkoff, y del mundo: Oliver Stone, Danny Glober, Benedetti, Chomsky, Poniatowska, Eduardo Galeano, William Ospina, Sean Penn, I. Ramonet, Saramago.

Celoso, el círculo más íntimo del Palacio de Miraflores, manipulado por Cilia Flores, la esposa de Maduro, aisló a Chávez de los intelectuales y lo dejó a merced de un gabinete mamerto, bruto y voraz.

Con este equipo era imposible sacar adelante nada. Los programas agrícolas fracasaron y las obras de infraestructura se quedaron a medio hacer. Por toda Venezuela se ven ruinas faraónicas de lo que debieron ser puentes, autopistas, terminales, silos, hospitales, estadios, universidades…

Los “movimientos suicidas” fueron también a gran escala: la revolución bolivariana nacionalizó empresas, centralizó por completo la administración pública, persiguió a la prensa y a la oposición, armó a los civiles, apoyó a las Farc y endiosó a Chávez. El coronel lo complicó todo con sus boconadas, que eran bien recibidas en la galería, pero arruinaron las relaciones con la derecha de la región y del mundo. En suma, Chávez quiso hacer, con los elementos más cavernarios del comunismo del siglo XIX, “el socialismo del siglo XXI”.

Otro error fatal fue el caudillismo y su omnipresencia. Chávez copó la escena de tal manera, prodigó tanta sombra, que ningún líder floreció a su lado. Cuando se necesitó un relevo, lo mejorcito era Nicolás Maduro (Diosdado ya era una figura impresentable ante el mundo a la muerte de Chávez). Este es el sino del caudillo. Por eso no deja descendencia, llámese Franco, Mussolini, Trujillo, Castro o Somoza.

Las desgracias no vienen solas. El gran capital movió sus fichas. El antiquísimo contrabando colombo-venezolano complicó el cuadro de la corrupción y el desabastecimiento. La caída del precio del petróleo marcó el fin de los subsidios. Herida de muerte por Chávez, la institucionalidad agoniza en manos de Maduro. Como si fuera poco, los líderes latinoamericanos guardan un silencio cobarde y mercenario.

Esta formidable tenaza —el gran capital, los mezquinos cálculos de la Opep, las trapisondas del régimen, el sainete de los tribunales y el silencio del mundo— está estrangulando un pueblo, pisoteando su dignidad, cercenando sus sueños. La gente ofrece sus enseres en la acera para comprar una libra de arroz, que vale una pequeña fortuna, si se consigue. No hay harina para hacer arepas, el pan de cada día del venezolano.

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Ayer le mandé unas pastas de acetaminofén a un médico. A esta hora deben estar cruzando el Río Táchira. Algunas paliarán el dolor de un niño, otras serán monedas blancas, objeto de trueque.

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