Un espectáculo repudiable se repite cada comienzo de año en Colombia: la fiesta taurina, ese arcaísmo cultural sanguinario y atroz donde se tortura y da muerte ignominiosa a un animal indefenso.
Colombia es uno de los pocos países donde todavía subsiste semejante barbarie. Chile la prohibió desde 1823, bajo el mismo decreto mediante el cual se abolió la esclavitud. En Argentina se vetó desde finales del siglo XIX, y en Uruguay desde 1912. Esperemos que la Corte Constitucional, uniéndose al resto del mundo civilizado, haga valer la sentencia C-666 de 2010, mediante la cual se fundamenta “la prohibición de trato cruel para con los animales”.
Cada vez son más las legislaciones en el mundo bajo las cuales el maltrato a los animales constituye un delito grave. En los países de la Unión Europea, la ley es inflexible ante toda forma de abuso, incluyendo la zoofilia. Y en el Reino Unido se protege a cualquier vertebrado, y hasta algunos cefalópodos (pulpos, calamares y sepias), en virtud de la sofisticación de sus sistemas nerviosos.
Bajo ninguna circunstancia es tolerable que se los trate de manera abusiva o cruel: ni por arte, ni por diversión, como en las corridas de toros o en los circos, ni tampoco en aras de la investigación científica. En nombre de la ciencia, miles de animales son sometidos a condiciones de extremo dolor y sufrimiento en experimentos macabros reminiscentes de los horrores de Auschwitz: se los quema, congela, mutila o intoxica para ensayar los efectos de cosméticos y de nuevos fármacos. En circos y zoológicos se los mantiene muchas veces en condiciones higiénicas deplorables, aislados, famélicos, encadenados o hacinados en jaulas estrechas, lejos de las condiciones naturales para las cuales se han adaptado.
Quienes convivimos con mascotas en nuestra infancia aprendimos a querer y a respetar a ese otro prójimo. Descubrimos que detrás de cada rostro mudo se esconde un universo insospechado de emociones. En nuestra arrogancia imaginamos que el dolor, la alegría, el sufrimiento, la vergüenza, los celos, la envidia, el humor…, son sentimientos exclusivos de nuestra especie. Quizá parodiando el bello monólogo de Shylock, Fernando Vallejo nos recuerda que “Los caballos, las vacas, los perros, los delfines, las ballenas, las ratas son mamíferos como nosotros, tienen dos ojos como nosotros, nariz como nosotros, intestinos como nosotros, músculos como nosotros, nervios como nosotros, sangre como nosotros, sienten y sufren como nosotros, son como nosotros, son nuestros compañeros en el horror de la vida…”
Sin caer en las trampas del antropocentrismo, el buen observador puede ir descubriendo cuán compleja puede llegar a ser esa gama de sentimientos y emociones. Y quizá nadie haya ahondado más profundamente en los misterios de la psiquis animal que el gran etólogo y premio Nobel austríaco Konrad Lorenz. En su casa de campo, a orillas del Danubio, Lorenz dedicó su vida a observar de manera meticulosa el comportamiento de perros, gansos, loros y córvidos, entre otros animales que se paseaban a su antojo por su morada como miembros honorarios.
Entre las historias curiosas sobre animales prodigiosos, hay una poco creíble, si no fuese porque contamos con el testimonio directo del mismo padre de la etología. En “El anillo del rey Salomón”, Lorenz narra la historia de “Geier” (Buitre, en idioma alemán), un gran loro gris, propiedad de Otto Koehler, amigo y colega suyo. Pero si Buitre era célebre en el vecindario, no era precisamente por su apariencia de ave de rapiña desplumada, sino por sus dotes oratorias extraordinarias. En el despacho del profesor Koehler, el loro solía acompañar a los visitantes, inmóvil en su estaca, curioso, atento a cada palabra del invitado. Cuando el visitante se levantaba para despedirse, el viejo loro, con voz grave y bonachona de bebedor de cerveza, repetía: “Na, auf Wiedersehen”. Lorenz nos cuenta cómo intentó incontables veces, sin ningún éxito, que el loro repitiera las palabras de cortesía ante una despedida fingida. Pero cuando se marchaba de veras, aunque fuese de manera subrepticia, se oían siempre las mismas palabras: “Na, auf Wiedersehen”.
Y si de animales sorprendentes se trata, pocos superan al “astuto Hans”, el calculista más famoso de la historia equina. Bajo la guía de su propietario, Wilhelm von Osten, un maestro de matemáticas dedicado a entrenar animales, el caballo “aprendió” a realizar operaciones aritméticas básicas, además de “calcular” fechas del calendario y “diferenciar” notas del pentagrama musical. Si su entrenador preguntaba, “¿cuánto es dos por tres?”, Hans indicaba el resultado pateando el suelo seis veces consecutivas. Sin trucos ni engaños aparentes, Hans daba la respuesta ante los rostros atónitos de los escépticos. Y aunque respondía a las patadas, sus soluciones eran siempre correctas.
La fama de Hans pronto se difundió por toda Alemania hasta llegar a oídos del sicólogo Carl Stumpf, quien nombró una comisión para estudiar el caso, conformada por un veterinario, un gerente de circo, un director de zoológico y un reconocido biólogo, Oskar Pfungst. Su propósito: estudiar las aparentes proezas mentales del fenomenal equino. Los resultados de la investigación aparecieron en 1907, en un estudio titulado “Das Pferd des Herrn von Osten”, en el cual se revelaba la manera misteriosa como Hans “resolvía” los acertijos matemáticos, incluso cuando alguien diferente a su entrenador se encargaba de formularlos.
Lo que Pfungst descubrió, para sorpresa de todos, incluso de su entrenador, era que Hans podía detectar señales casi imperceptibles provenientes de su dueño o del público. Justo cuando se alcanzaba un clímax de máxima tensión, Hans dejaba de mover su pata, lo cual ocurría precisamente cuando el número de patadas coincidía con la solución a la pregunta planteada. Ello explicaba porque Hans acertaba solo si el interrogador o el público conocían de antemano la respuesta al acertijo. Cuentan que Von Osten jamás aceptó las conclusiones de Pfungst, y siguió recorriendo toda Alemania atrayendo en cada pueblo muchedumbres que se agolpaban alrededor del fenómeno ecuestre.
Las corridas de toros, la experimentación con animales y las jaulas infames de los zoológicos, entre otras crueldades y abusos, serán vistas por generaciones futuras con el mismo horror con el cual hoy recordamos “el empinamiento del perro”, la “quema del gato”, “el hostigamiento del oso” y demás infamias contra los animales. La sicología y la neurología nos han mostrado que humanos y animales por igual somos susceptibles de sentir dolor, angustia, estrés y sufrimiento. La biología y la paleontología ofrecen hoy un panorama donde nuestra especie figura como un diminuto punto más en el vasto espectro de la vida sobre la Tierra. Ya no es posible mantener esa visión antropocéntrica que desconoce por completo la continuidad evolutiva de las especies vivas. Si Copérnico nos apartó del centro del universo, Darwin nos destronó para siempre del centro de la creación.