El 9 de marzo de 1762, una multitud de curiosos y fanáticos religiosos se agolpó en la Plaza del Capitolio de Toulouse para presenciar la “ejecución en la rueda” de un humilde comerciante acusado injustamente de asesinar a su primogénito para evitar su conversión al catolicismo.
La víctima fue atada de pies y manos a los radios de una gran rueda de madera. Tras la señal de los jueces, el verdugo tomó el mazo de hierro y procedió a triturarle las extremidades, primero las piernas, luego los brazos. Más parecido a una marioneta grotesca que a un ser humano, sus miembros hechos un amasijo de carne ensangrentada y astillas de hueso que asomaban por la piel, el condenado no dejó de clamar a gritos su inocencia hasta que por fin fue estrangulado después de varias horas de agonía.
La muerte en la rueda y otras muchas prácticas horrendas se utilizaron en toda Europa para castigar la blasfemia, la herejía, la homosexualidad, o las “relaciones sexuales con Satán”, entre otros “delitos”. Las ejecuciones se hacían en público y proporcionaban a su vez una forma de entretenimiento. En uno de esos espectáculos salvajes, al condenado se le amputaba la lengua y luego se lo asaba vivo dentro de una efigie hueca de bronce que tenía forma de toro, abierta en la boca para que sus gritos se escucharan como si fuesen los mugidos del animal. El martirio era motivo de jolgorio y risas histéricas entre el público. En otro, la cabeza de la víctima se sujetaba entre un casquete de hierro y una barra inferior sobre la cual se apoyaba la barbilla. A medida que se daba vueltas al tornillo, el casquete descendía y comprimía la cabeza hasta hacer reventar los alvéolos dentarios, después las mandíbulas y por último el cráneo. La presión hacía saltar los ojos de sus cuencas por donde luego se escurría una masa sanguinolenta de sesos y pedazos de hueso.
La tortura fue una forma institucionalizada de castigo durante milenios. Fue abolida, primero en Inglaterra, en el siglo XVII, y no fue hasta bien entrado el siglo XIX que esta práctica atroz se prohibió en toda Europa (el Vaticano fue uno de los últimos estados en vetarla), como puede leerse en el último libro de Steven Pinker, “Los mejores ángeles de nuestra naturaleza”. En este extraordinario trabajo académico (802 páginas, de las cuales 75 son referencias bibliográfica), el sicólogo de Harvard argumenta a favor de una tesis que, como menos, podría generar incredulidad: la violencia ha disminuido de manera significativa durante el último milenio, algo difícil de aceptar en un mundo donde el gasto militar va en constante ascenso y sobre el cual pende la espada de Damocles de un arsenal nuclear capaz de borrarnos de la faz de la Tierra. Su afirmación se hace más inverosímil cuando pensamos que aún quedan testigos de los horrores del holocausto nazi y de los genocidios perpetrados por Stalin y Mao. Todavía está viva la memoria de las atrocidades de Pol Pot, del exterminio en Timor Oriental, de los niños quemados con napalm durante las guerras en Indochina… Se estima que durante el siglo XX murieron alrededor de 180 millones de seres humanos como consecuencia directa de más de medio centenar de grandes conflagraciones y guerras civiles, o de manera indirecta a causa de “limpiezas étnicas” y hambrunas.
Ante esa evidencia, la tesis de Pinker parece descabellada, por decir lo menos. Sin embargo, si midiéramos el índice de violencia, no en término absolutos, sino relativo al tamaño de la población, veríamos que la Segunda Guerra Mundial ocuparía un modesto noveno lugar, muy por debajo de otros conflictos bélicos menos frescos en nuestra memoria, o de los cuales jamás hemos oído hablar, como las conquistas de los mongoles en el siglo XIII, o la gran rebelión de An Shi durante la dinastía Tang. Según algunos historiadores, esta guerra civil pudo haber dejado alrededor de 36 millones de muertos, dos tercios del total de habitantes del imperio (un sexto de la población mundial en su momento), lo que haría de esta conflagración la más cruenta que registra la historia.
Existe un sesgo sicológico que nos hace magnificar los eventos recientes y minimizar los más distantes. La masacre de 69 jóvenes en la isla noruega de Utoya, para dar un ejemplo, puede llevarnos a pensar que ni siquiera los países del norte de Europa están exentos de asesinatos en masa. Sin embargo, no ha existido un lugar más pacífico en toda la historia humana que la Europa de hoy, con una tasa promedio de homicidios anuales de un habitante por cada cien mil personas. Según estimativos del historiador Ted Robert Gurr, en el siglo XIII, la tasa de homicidios en Bélgica y Holanda oscilaba alrededor de 80 habitantes por cada cien mil, cifra que duplica el índice de Colombia. Y durante el último milenio, la tasa de homicidios en Inglaterra se redujo de 110 muertes anuales por cada cien mil habitantes, a menos de una.
Contrario al viejo mito de Rousseau, la evidencia demuestra que las sociedades de cazadores recolectores son, por mucho, las más violentas. Estos supuestos paraísos habitados por “nobles salvajes” solo existen en la mente de los antropólogos culturalistas. En estas sociedades, el promedio de muertes anuales a consecuencia de conflictos internos o de enfrentamientos bélicos con sus vecinos alcanza los 524 habitantes por cada cien mil, cifra que haría ver las ciudades colombianas más inseguras como lugares idílicos (220 homicidios por cada cien mil habitantes en sus peores momentos). Entre los Jíbaros de Ecuador, o entre los Woaorani de la Amazonia, por ejemplo, el porcentaje de muertes violentas puede alcanzar el 60%. Como demuestra Pinker, las sociedades estatales, aun durante las peores guerras, presentan en promedio una tasa de muertes violentas menor a la cuarta parta de aquella que se observa en sociedades más “primitivas”.
El registro histórico respalda la hipótesis de que la curva de violencia ha venido en constante declive desde finales de la Edad Media, y presenta su punto de inflexión a comienzos de la Ilustración. La Era de la Razón coincidiría con el comienzo de la disminución en los niveles de violencia, lo cual podría ser consecuencia de un lento proceso de civilización, como sugirió hace más de medio siglo el gran sociólogo alemán Norbert Elías. En su célebre obra “El proceso de la civilización”, Elías atribuye el descenso de la violencia a un gran cambio sicológico que se fue gestando en toda Europa entre los siglos XII y XVIII, que se caracterizó por el lento ascenso de la razón, el autocontrol y la empatía (“los mejores ángeles de nuestra naturaleza”), factores que aunados a la aparición de sociedades estatales capaces de monopolizar el uso de la fuerza serían los responsables del lento proceso de pacificación.
Es indudable que Pinker enfrenta un problema sociológico harto complejo. Hay que considerar que las estadísticas disponibles sobre censos de muertes en épocas pretéritas son bastante dudosas, como ha señalado el historiador Gerard de Groot. También podría cuestionarse el parámetro que utiliza para medir la violencia, que no puede limitarse al conteo de muertos: terrorismo, secuestro, intimidación sicológica, tratos crueles e inhumanos, opresión económica… son formas de violencia que también deberían tenerse en cuenta en cualquier estudio. Otra objeción a su análisis tiene que ver con el aumento en los índices de homicidios en Estados Unidos a comienzos de la década de 1960, y que alcanza su pico máximo en 1980, que el autor atribuye a una especie de retroceso moral o proceso de “descivilización”. El argumento es en mi opinión poco convincente y algo forzado, pues es muy factible que el fenómeno obedezca a razones de otra índole.
Lo cierto es que torturas horrendas, tráfico de esclavos, crucifixiones, empalamientos e innumerables orgías de sadismo que fueron la norma durante milenios son hoy marginales y repudiadas universalmente. De los espectáculos sádicos que constituyeron formas legítimas de diversión persisten pocos, como las corridas de toros, una barbarie en vía de extinción, todo ello prueba indudable de lo que podría llamarse “progreso moral”. Se requerirá mucho más que descalificaciones gratuitas y sarcasmos (la respuesta usual de sus contradictores) para confrontar este abrumador cuerpo de evidencia con el que Pinker proporciona un valioso sustento empírico a la intuición original de Elías.