Una sola contradicción es todo lo que se requiere para refutar una proposición. En el caso del Sudario de Turín, la reliquia más famosa de la cristiandad y la prueba física más importante de la resurrección de Jesús, no es sólo una, sino son varias las evidencias que contradicen su autenticidad y que demuestran que la tela santa es en realidad una creación artística del siglo XIV perpetrada por algún pintor desconocido.
En 1979, un equipo conformado por 39 científicos creyentes y un agnóstico, el doctor Walter McCrone, realizó un análisis de cientos de pequeños hilos extraídos de 32 regiones de la tela. El estudio al microscopio con luz polarizada reveló la presencia de témpera basada en ocre rojo (un pigmento usado por pintores medievales) en 20 de las supuestas manchas de sangre. Un análisis adicional no encontró rastro de sangre, tras lo cual se dictaminó que el Sudario era una pintura.
El análisis se repitió diez años más tarde usando técnicas de difracción de rayos X, las cuales revelaron que las manchas de sangres estaban conformadas por óxido de hierro y sulfuro de mercurio, lo que explica su color rojo vivo, muy distinto del aspecto marrón oscuro de la sangre seca.
Algunos de los científicos católicos, indignados con el hallazgo, confiscaron las muestras, expulsaron a McCrone del grupo y declararon no haber encontrado trazas de pigmentos, pero sí rastros de sangre, cuando en realidad lo que encontraron fueron trazas de porfirinas, que además de estar presentes en los glóbulos rojos, se encuentran también en la materia orgánica, especialmente en la clorofila, y por tanto no constituyen en sí mismas una prueba de sangre.
Como si esto fuera poco, en 1988, tres de los mejores laboratorios forenses del mundo realizaron en forma independiente pruebas de datación con carbono-14 que confirmaron las sospechas de McCrone: el Sudario fue confeccionado entre 1260 y 1390.
Existe además otra incongruencia que por sí sola serviría para comprobar el fraude. El rostro envuelto de un cadáver habría dejado una impronta de contacto en la que las orejas aparecerían plegadas a los lados, y no vistas de frente como en una pintura.
Si el que nada debe nada teme, ¿por qué las autoridades religiosas, a pesar de las inmensas dudas que existen sobre la autenticidad del Sudario, han prohibido que se realicen pruebas adicionales y siguen exhibiéndolo como si se tratase de la sábana sagrada en la que se envolvió el cuerpo de Cristo al bajarlo de la cruz? La respuesta parece obvia: la ignorancia es la esencia misma de la fe.