Es difícil encontrar un tema más sensible y cargado de emociones que la espinosa discusión sobre las diferencias en habilidades cognitivas entre hombres y mujeres. ¿Existen diferencias objetivas, o acaso las destrezas que atribuimos a cada género no son más que estereotipos que la misma sociedad se ha encargado de fabricar y perpetuar?
Nadie tiene inconveniente en aceptar que diferimos en la manera de metabolizar el alcohol, o en la predisposición a ciertas enfermedades. En contraste, cualquier investigación que sugiera la existencia de diferencias en el talento para las matemáticas, digamos, es rechazada de facto, tildada de sexista, y sus proponentes se convierten en el blanco de campañas de difamación y persecución dignas del Santo Oficio. Recordemos que hace poco una multitud iracunda de estudiantes y académicos reclamaba la cabeza del presidente de la Universidad de Harvard, Lawrence H. Summers, después de que éste se atreviera a mencionar el término «diferencias innatas» como posible explicación al hecho de que menos mujeres que hombres ocuparan lugares destacados en las carreras científicas.
No hay que ser un sicólogo experimentado para darse cuenta, por ejemplo, de que hay muchísimos más criminales masculinos que femeninos. Más del 95% de los reclusos en Estados Unidos son hombres, una estadística que se repite en toda Europa. Más del 90% de los arrestos por robo, asalto agravado, o asesinato corresponden a varones; y la inmensa mayoría de asesinos en serie son también de sexo masculino. Tampoco hay que ser un experto para saber que, en términos generales, la mujer concibe las relaciones sexuales dentro de un contexto más emotivo y romántico, mientras que la respuesta del hombre tiende a ser más primitiva y visual. Esto explicaría por qué los principales consumidores de pornografía son varones, incluso de pornografía masculina, negocio que va dirigido a la población gay. ¿Qué evidencia hay para sostener la hipótesis de que estos comportamientos son falsos estereotipos, o conductas aprendidas culturalmente? Ninguna, lo cual importa un rábano para aquel sector de la academia donde el desprecio por el método científico es absoluto.
En un artículo anterior mencioné un experimento diseñado por los sicólogos R. Clark y E. Hatfield, el cual pretendía averiguar si en efecto los hombres son menos selectivos que las mujeres a la hora de escoger compañeros sexuales. El experimento se llevó a cabo en el campus de una universidad norteamericana de élite, y consistió en observar la reacción de las jóvenes universitarias ante la invitación directa de un desconocido (un joven apuesto y educado) a tener una aventura sexual esa misma noche. El resultado fue que todas las jóvenes rechazaron la propuesta, y solo el 6% accedió, a lo más, a visitar el apartamento del solicitante. Pero cuando se invirtieron los papeles, 75% de los jóvenes aceptaron la invitación sin vacilar. ¿Se explica la diferencia como una reacción de desconfianza? No sé, aunque me inclinaría a pensar que un resultado similar se observaría si la propuesta proviniera, no de un extraño, sino de un (una) colega.
Llama la atención que los estudios más serios y rigurosos sobre las diferencias de género no provengan precisamente de una conspiración falocrática, sino de investigadoras como Doreen Kimura, Diana Fishbein, o Diane Halpern, quienes han tenido el valor de cuestionar ese discurso zafio e intelectualmente deshonesto que ha predominado en los llamados “estudios de género”, todavía anclados en la seudociencia sicoanalítica, dominados por una ideología política y desligados por completo de la biología, la neurociencia o de cualquier otra disciplina científica.
Nadie pone en duda que los factores ambientales y sociales juegan un papel fundamental en el desarrollo cognitivo de los individuos de una sociedad. Pero, ¿cuánto de las diferencias observables entre los sexos puede atribuirse a variables sicosociales? Después de un extenso metaanálisis, Halpern demuestra que la respuesta es harto más compleja de lo que algunos suponen. Las investigaciones revelan que existen diferencias neuroanatómicas significativas en la estructura, organización y funcionamiento de los cerebros masculino y femenino, que serían el resultado de un intricado bucle de acciones y reacciones entre genes y ambiente. De su libro “Sex Differences in Cognitive Abilities”, alrededor de doscientas páginas están dedicadas a explicar este mecanismo, en el que se conjugan factores tan diversos como la acción de las hormonas pos y prenatales, las experiencias, los estímulos ambientales, la interacción social…
Halpern muestra que hay suficiente evidencia empírica para concluir que las mujeres superan ampliamente a los hombres en la mayoría de pruebas de habilidad verbal: composición de anagramas, producción de lenguaje, memorización de palabras y fluidez. Las niñas superan a los niños en habilidad de cálculo, mientras que estos muestran superioridad en la solución de problemas matemáticos. Los sicólogos distinguen por lo menos cinco tipos de habilidades espaciales y visuales: percepción visual, rotación mental, visualización espacial, habilidades espacio temporales y preservación de imágenes visuales. En todas ellas, las diferencias sexuales favorecen a los varones, excepto por la visualización espacial. Llama la atención que en cuanto a habilidades cognitivas, la cola inferior de la campana de Gauss esté ocupada en su inmensa mayoría por individuos de sexo masculino, lo que también ocurre con el extremo derecho de la distribución normal del talento para las matemáticas. Este hecho nada tiene que ver con el desempeño promedio en esta disciplina, el cual tiende a ser similar en ambos sexos.
Algunas de esas conclusiones no son agradables, ni justas, ni santas. Pero como dijo alguna vez el gran Lichtenberg, con frecuencia resulta imposible llevar la antorcha de la verdad a través de la multitud sin quemarle a alguien la barba. Aunque exista el riesgo de que estos hallazgos puedan servir para legitimar falsos estereotipos, o para perpetuar la agenda misógina de una sociedad machista, hay que entender, no obstante, que cuando se habla de “diferencias innatas”, ello no significa en absoluto predestinación inmutable. Y hay que tener en cuenta que las similitudes son, en su conjunto, mucho mayores que las diferencias; y para la mayoría de asuntos cotidianos, intrascendentes.