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Estado de sugestión

24 de febrero de 2010 - 03:10 p. m.

En una de las películas más celebres del inolvidable Walter Matthau, “A Guide for the Married Man”, una mujer sorprende a su marido con otra en la cama.

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Mientras la joven se escabulle de la habitación cubriéndose con la sábana, el hombre, atónito, y todavía desnudo, finge con la mayor desfachatez no entender la cólera de su esposa, que quiere estrangularlo. A medida que se viste, el marido trata de hacerle creer a la mujer que todo cuanto ve es producto de su imaginación, y termina saliéndose del embrollo después de convencerla de su locura.

Ante el malestar y la preocupación generada por la torpe reforma a la salud, y ante el enorme costo político que representan los desafortunados decretos de emergencia social, al Presidente se le ha visto reaccionar como al marido sorprendido: finge no entender cómo después de meses de trabajo en la redacción de los decretos (y de malgastar una fortuna en asesorías), su Ministro no esté en capacidad de explicar con claridad lo que quedó escrito en el improvisado esperpento, y tenga que venir él mismo, a última hora, a enmendar las metidas de pata de su incoherente Ministro.

Sin embargo, tanto la reacción inicial de Uribe, como lo que se ha visto después, hacen parte de una táctica calculada y bien conocida, que consiste en emprender una rápida y contundente contraofensiva mediática, saturando los medios con alocuciones superficiales, repetitivas, y con frecuencia contradictorias, pero que ha probado ser muy eficaz para recobrar la confianza de la opinión pública cada vez que se destapa un nuevo escándalo.

La estrategia muestra a un Jefe de Estado que confronta personalmente la crisis y promete acciones decididas para remediarla, sancionando a los responsables que actuaron a sus espaldas. Todavía está fresca en la memoria la imagen del Presidente indignado ante los abusos del inicuo programa de AIS, exigiendo con firmeza la pronta devolución de los millonarios subsidios.

Ante estos hechos, cualquier persona sensata se preguntaría si Uribe no estaba enterado de que los decretos contenían –en forma bien explícita– medidas tan aberrantes como destinar las cesantías y el patrimonio de los usuarios para cubrir obligaciones exclusivas del Estado; o disposiciones que lesionaban gravemente el ejercicio de la autonomía médica. Y si le concedemos el beneficio de la duda, ¿cómo se explica entonces que apruebe de buenas a primeras una medida tan trascendental sin antes revisarla? ¿Acaso una reforma tan delicada, y de esta envergadura, no merece ser debatida en el Congreso como corresponde a cualquier democracia?

Ahora Uribe sale a reprender en público a Palacio. Pero hasta un niño puede darse cuenta de que su regaño no es nada sincero: si en verdad creyera que su Ministro ha sido un irresponsable, o simplemente un inepto, ¿un hombre con el carácter de Uribe ya no lo hubiera despedido?

No hay que tener una inteligencia superior para saber que el consenso es algo que se fabrica, que se crea con palabras, con propaganda y no con hechos. La imagen del líder paternal consternado por los desaciertos de sus ministros pesa más que mil razones. Entrar a debatir con seriedad y buena lógica los beneficios de la reforma a la salud no es en absoluto una estrategia recomendable en un Estado que más que “de opinión” debería llamarse “de sugestión”. Resolver inquietudes a través de emisoras y Call Centers quizá sirva para tranquilizar a algunas amas de casa, pero soslaya el verdadero debate, a la vez que crea la ilusión –paradójica– de un Jefe de Estado en desacuerdo con medidas que él mismo autorizó, tal vez sin haber leído la letra menuda.

Un instinto ancestral, atávico, hace que confiemos en las decisiones del líder sin necesidad de indagar en sus razones. Quizá por ello, y ante los hechos factuales, el proceder de los más fieles admiradores de Uribe no puede ser distinto a la conducta de la persona que se encuentra en un estado clásico de disonancia cognitiva, término con el que el sicólogo Leon Festinger designó los estados sicológicos de negación que ocurren cuando un individuo se enfrenta a dos cogniciones opuestas: por un lado, la admiración por la figura paternal, casi mesiánica del Presidente; y por otro, la evidencia que delata sus abusos, falencias y contradicciones.

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