Entre las grandes figuras del Nuevo Cine Alemán, Werner Herzog podría ser la más perdurable. Y es que el cine envejece tan rápido como sus creadores.
No obstante, cuarenta años después, obras maestras como “Aguirre, la Ira de Dios” o “Fitzcarraldo”, subsisten intactas, testimonio de su originalidad, belleza y fuerza extraordinaria. A diferencia de sus contemporáneos, su energía creativa no parece agotarse. En la última década, Herzog ha dirigido más de siete documentales, algunos, verdaderas obras de arte, y ha producido más de seis largometrajes.
Aunque nacido en Múnich, su infancia transcurrió en un pequeño pueblo bávaro, alejado de la sociedad tecnológica. Él mismo nos cuenta que tenía once años cuando vio por primera vez un auto, y que vino a conocer el teléfono, ya adolescente. Quizá así se explique su nostalgia por la vida pura, incontaminada, y su complacencia en hacer de la naturaleza el centro de su obra. Su formación como guionista y director fue la de un autodidacta. Jamás estudió en una escuela ni trabajó como asistente de director alguno. Por ello prefiere que se lo considere un artesano más que un artista, “un personaje de la Edad Media tardía”, en palabras suyas. Aunque de manera más precisa, Herzog bien podría ser el último de los herederos de la tradición romántica alemana de mediados del siglo XIX.
Nadie mejor que este director alemán ha sabido explorar aquellas fuerzas vitales que llevan a ciertos individuos a emprender aventuras imposibles, animados por una ilusión absurda. Sus héroes son “rebeldes desesperados que se saben abocados al fracaso”. La línea divisoria entre la razón y la locura desaparece en sus personajes. En “Aguirre, la Ira de Dios”, Klaus Kinski hace el papel del conquistador Lope de Aguirre. La película se desarrolla en la selva peruana y es narrada a través del diario del fraile Gaspar de Carvajal, un compendio de desesperación, paranoia y traición.
En la visión herzoguiana, el bosque tropical se nos muestra como un mundo “obsceno, lleno de violencia, fornicación, estrangulación y asfixia, donde los pájaros no cantan, chillan de dolor”. A la belleza de ese mundo salvaje, Herzog superpone escenas surrealistas, como aquel barco de vela encallado en la copa de un árbol. El director nos deja la duda: ¿es acaso la alucinación de un soldado febril, o es el barco el remanente de un evento imposible, apocalíptico? Lo real y lo imaginario se confunden. A medida que Aguirre y sus hombres descienden por el Amazonas en busca de la leyenda de El Dorado, el hambre, las flechas de los nativos y la furia vesánica del tirano van diezmando el contingente. La aventura prosigue bajo las órdenes férreas del déspota: “Yo soy el mayor traidor, no puede haber uno mayor”, advierte a sus hombres. “El que piense huir será cortado en doscientos pedazos y estos serán pisoteados hasta que puedan restregarse sobre una pared. El que beba una gota de agua de más o coma un grano más de maíz será encarcelado durante quinientos años. Si yo digo que de los árboles caigan muertos los pájaros, entonces caerán muertos. Yo soy Aguirre, la ira de Dios, la tierra que piso me ve y tiembla.”
La última escena es de impresionante belleza. Herzog nos muestra a Aguirre, último sobreviviente de la expedición, en una balsa anegada, detenida en un remanso del río imponente, sin rumbo, vencido al fin, devorado por la naturaleza. Con buen juicio, el director relega a los textos de historia las horas últimas del vascongado sanguinario: el arcabuzazo definitivo en mitad del pecho y el cuerpo sin vida destazado por los traidores.
Aguirre no es el único de los personajes arrastrado por un ideal vital, alentado por una motivación férrea. En el más aclamado de sus filmes, “Fitzcarraldo”, se repite la historia de un hombre obsesionado con una quimera. Kinski representa a Brian Fitzgerald, un soñador excéntrico cuya pasión por la ópera lo llevaría a remontar un enorme barco fluvial hasta la cima de una montaña para luego hacerlo descender hasta alcanzar un afluente del Amazonas. A diferencia del cine tradicional de Hollywood, en “Fitzcarraldo” no hay efectos especiales. El barco fue en efecto arrastrado mediante poleas rudimentarias, como muestra la película, tirado por el músculo de decenas de nativos.
Escribir sobre Herzog sin mencionar a Kinski sería imposible. El carácter diabólico y soberbio de este actor demencial es conocido por todo el mundo. Inseparables hasta la muerte, los dos hombres mantuvieron siempre una relación de amor y odio, hasta tal punto que durante el rodaje de “Aguirre”, Herzog amenazó con meterle una bala en la cabeza si abandonaba la filmación. Kinski planeaba marcharse, rabioso después de un altercado insignificante con uno de los camarógrafos.
Pero entre todas sus obras, “Herz aus Glas” (Corazón de Cristal) podría ser la más original. El filme transcurre durante el período de transición entre la sociedad artesanal y la era industrial, en los albores del siglo XVIII. La historia narra la angustia de los habitantes de una pequeña aldea cuyo sustento se deriva de la producción artesanal del vidrio. Un día, de manera imprevista, muere el maestro cristalero, y con él desaparece la fórmula secreta del cristal rubí. El estupor y la incertidumbre invaden la aldea. Dicen que Herzog se valió de la hipnosis para lograr crear la atmósfera de enajenación y locura que invade todo el pueblo, hipótesis algo improbable. Parece creíble, sin embargo, que Herzog se haya inspirado en la estética del claroscuro de los pintores tenebristas de los Países Bajos para crear esas escenas brumosas y sombrías que predominan en la película.
El narrador es Hias, el iluminado, el pastor vidente. Los aldeanos acuden a él, desesperados por recuperar la fórmula secreta. En su lugar, Hias les augura el advenimiento de una era apocalíptica. La escena final es una alegoría de indescriptible belleza poética y visual: el profeta tiene la visión de una isla rocosa, inverosímil, en los límites del mundo.
Totalmente aislados, sus habitantes aún creen que la Tierra es plana. Pero hay un hombre lúcido que sin descanso escudriña el horizonte desde un arrecife, día tras día. Es el primero en sospechar la curvatura de su mundo. A él pronto se unen tres hombres y luego otros más. Un día, alentados por la ilusión de explorar los confines del mar, deciden abandonar su único refugio. Los músicos acuden a despedirlos. Se escuchan aires germánicos y coros sacros; los visionarios parten en un viaje imposible. A medida que se alejan, patéticos e inocentes, los pájaros les siguen mar adentro. “En la inmensidad del océano podría parecerles un signo de esperanza…”
“Corazón de Cristal”, como casi todas sus películas, constituye una radiografía del alma de su creador. La alegoría final representa la eterna lucha entre la razón y el oscurantismo. Su amor a la libertad, su profundo deseo de justicia y la ilusión de un mundo mejor, libre de la crueldad que acompañan la ignorancia y la superstición, permean toda su obra.