Imaginemos por un momento un escenario terrible: en represalia por las repetidas agresiones de las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI) contra la población palestina, las milicias de Hamas lanzan un ataque sorpresivo contra Israel.
Cientos de misiles de fabricación iraní de altísimo poder explosivo impactan en edificios gubernamentales y zonas militares. La lluvia de proyectiles también arrasa barrios enteros de Tel Aviv. No escapan de la devastación ni sinagogas, ni escuelas ni hospitales. La ofensiva deja una estela de muerte y destrucción de dimensiones jamás vistas en el estado sionista. Cuando callan las sirenas solo se escuchan los gritos desgarradores de las mujeres que buscan a sus niños bajo los escombros y el llanto de los hombres que de rodillas juran al cielo su venganza. Los muertos y los heridos suman miles, en su inmensa mayoría civiles inocentes, incluyendo cientos de niños judíos.
En los medios se habla del “justo derecho a la defensa del pueblo palestino”. Los periodistas de las grandes cadenas elucubran sobre lo ocurrido: «Cuando Hamas toma represalias utiliza tecnología avanzada con el fin de precisar que el objetivo nunca sea la población civil». Un panel de expertos se encargará luego de explicarle al profano la dignidad de esas acciones, y por qué resultan inevitables cuando se pretende darle solución definitiva al terrorismo de estado. Un alto diplomático árabe reclama el premio Nobel de la Paz para los yihadistas, por “luchar con contención inimaginable” a la hora de respetar vidas inocentes. Obama condena en público el ataque, pero en privado refuerza el envío de armamento y municiones para las milicias islámicas. La ayuda militar supera los mil millones de dólares.
Ese ejercicio kantiano de invertir el contexto no es del todo insustancial, posee una virtud: pone en evidencia la inmoralidad de nuestras acciones cuando imaginamos a nuestro enemigo como victimario y a nuestros seres amados en el papel de víctimas. Sobra decir cuán inconcebible resulta semejante escenario, y cuán diferente sería la realidad si llegase a ocurrir una tragedia parecida.
Podemos estar seguros de que el ataque recibiría una condena total y absoluta en el mundo occidental, y se juzgaría por lo que realmente significa: una acción criminal y sádica; una vergüenza para la humanidad. No habría lugar para pretextos, justificaciones, ni mentiras. Los reportes de las organizaciones de derechos humanos, en lugar de reposar en el baúl de las fantasías conspiratorias, se convertirían en pruebas invaluables a la hora de juzgar a los responsables ante los tribunales internacionales. Los reporteros podrían narrar los pormenores del terrible drama humano, pues gozarían de acceso irrestricto al lugar de los hechos, sin prohibiciones ni censuras, en total libertad para revelarle al mundo el salvajismo del terrorismo islámico. El cubrimiento de los medios sería incesante, conmovedor, dramático, vibrante, una especie de 11 de septiembre revisitado. Hollywood ofrecería más tarde su versión fantástica de los hechos.
Como señalan Noam Chomsky y Edward Herman en “Manufacturing Consent”, un clásico del estudio de la economía política de los medios de comunicación, en aquellos países donde existe libertad de prensa no tiene sentido ocultar información cuando se sabe que tarde o temprano terminará filtrándose. La “fabricación del consenso” requiere sutileza: las noticias inconvenientes deben camuflarse, minimizase o presentarse de manera engañosa.
Resulta fácil ilustrar ese modus operandi en el contexto del conflicto árabe-israelí. El secuestro de un sargento del ejército israelí (Gilad Shalit) en junio de 2006, para dar un ejemplo, resonó en todos los noticieros del mundo occidental. El acto fue tildado de crimen terrible, y repudiado universalmente, como corresponde, pues ninguna organización militar puede hablar de “prisioneros de guerra” cuando amenaza con asesinar a sus rehenes si no se satisfacen sus demandas. La justa palabra es “secuestrados”. Dos días antes las FDI habían “capturado” a dos hombres en Gaza, que luego extraditaron a cárceles en Israel, en violación de la legislación internacional. En contraste, ¿cuánta difusión tuvo esta noticia? Y no es cuestión de semántica, pues se trata igualmente de un secuestro, uno más indigno todavía por tratase de civiles [1].
Poco o casi nada se escucha en los medios acerca de esas cárceles siniestras donde han llegado a estar recluidos hasta un millar de palestinos, sin cargos ni derecho a juicio, según lo han denunciado varias ONG israelíes [1], [3]. Repitiendo el ejercicio kantiano, ¿qué ocurriría si cientos de ciudadanos norteamericanos, entre militares y civiles, fueran secuestrados en su país y luego transportados a prisiones clandestinas Iraquíes? ¿Conoceríamos esos hechos a través de volantes de alguna ONG?
Durante la guerra de Vietnam, los medios entendieron que una sola imagen puede ocasionar más daño que mil bombas. Todavía produce escalofríos la escena apocalíptica de esa niña vietnamita huyendo desnuda de los bombardeos norteamericanos, en medio del humo negro y del fuego naranja del napalm. Pero se aprendió la lección: cuando resulte inconveniente, las acciones militares debe presentarse limpias de toda crueldad. De ahí que tras esas experiencias, las guerras de Bush y sus secuaces se muestren como videojuegos asépticos, sin sangre ni heridos, sin destrucción ni muerte.
No resulta casual entonces que una diplomática israelí acusara hace unos días a la corresponsal de la televisión española, Yolanda Álvarez, de ser “portavoz de Hamás”, por sus recurrentes “crónicas dramatizadas” desde la franja de Gaza. En otras palabras, por mostrar el verdadero horror de la tragedia sin los filtros acostumbrados. Tampoco es extraño que NBC apartara de Gaza al veterano reportero de guerra Ayman Mohyeldin cuando intentaba darle un cubrimiento comprensivo al monstruoso asesinato de cuatro niños palestinos (del cual Mohyeldin fue testigo presencial) mientras jugaban futbol en una playa.
También es posible desinformar ocultando la mitad de la verdad. En una alocución cínica y desvergonzada, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, les explicó a los reporteros extranjeros cómo el 90% de las muertes en este conflicto podrían haberse evitado si Hamas no hubiese rechazado el alto el fuego propuesto por Egipto el pasado 15 de julio. Y afirmó a manera de conclusión: “Hamas debe ser considerado el responsable de la trágica pérdida de vidas”. Dejando de lado la procacidad característica de este personaje, en los medios no se hizo alusión alguna a un hecho fundamental, según comenta Chomsky: la propuesta a la cual se refiere Netanyahu fue en realidad un arreglo entre la dictadura militar de Egipto e Israel, sin participación de Hamas [2]. Pensemos en una declaración equivalente en el contexto del conflicto colombiano, esta vez en boca de Timochenko: “Cuántos muertos nos hubiéramos ahorrado si Uribe hubiese aceptado la propuesta de paz del presidente Chávez…”. Supongamos ahora que la iniciativa se gestara entre el mandatario venezolano y las FARC, y que la jefatura del gobierno colombiano se enterara del acuerdo a través de Facebook. Otro interesante ejercicio kantiano.
También se engaña cuando se habla de guerra entre Hamas e Israel, como si se tratara de un conflicto entre dos ejércitos convencionales. Los edificios hechos polvo por la aviación israelí se contraponen con las imágenes de civiles en Israel que corren buscando refugio al sonar de las sirenas. Así se crea la falsa impresión de que se trata de una confrontación simétrica, de ataques de lado y lado de magnitudes comparables. Las palabras del embajador israelí en EE.UU refuerzan (o hacen más evidente) el engaño cuando pone en pie de igualdad los ataques de Hamas con los bombardeos alemanes sobre Londres.
Se miente de manera bruta cuando se compara la muerte de 43,000 habitantes de Londres (y la destrucción de un más de un millón de viviendas) con las veinticinco muertes que en ocho años han causado los cohetes de Hamás, cifra inferior al número de víctimas palestinas asesinadas en solamente uno de los ataques de las FDI contra un sitio de refugiados. Si nos atenemos a esas estadísticas, el riesgo de morir víctima de un cohete de ese grupo terrorista sería menor que el de perder la vida al tropezar y rodar por unas escaleras.
Debe aclararse que el ataque indiscriminado a la población civil constituye un claro acto de terrorismo sin importar de qué lado venga. Se habla del terrorismo de Hamas, lo cual es innegable, pero nunca se escucha a ningún corresponsal de CNN o NBC referirse al accionar de las FDI como “terrorismo de estado”, no obstante Israel esté utilizando “métodos ilegítimos orientados a inducir miedo o terror en la población civil para alcanzar sus objetivos”, es decir, esté recurriendo a tácticas que mejor no podrían encajar dentro de la definición aceptada del concepto.
Israel ocupa un territorio de manera ilegal, en flagrante violación de la ley internacional, como lo reconoce hasta la misma Corte Suprema de Justicia del Estado judío. La perpetuación de una política de segregación racial ha recibido la condena del grueso de los estados miembros de la ONU. La mayoría de los países del mundo repudian los ataques salvajes de las FDI contra civiles inocentes, denominados “cortar el césped”, en la depravada jerga de ciertos sectores de ultraderecha [2]. No obstante, en Estados Unidos solo el 6% de la población culpa al estado sionista por el conflicto en Gaza. Quizá esa sea la mejor prueba del sólido poder de la enorme maquinaria de propaganda y desinformación que representan esos grandes medios de comunicación al servicio de los más poderosos.
[1] Gaza in Crisis: reflections on Israel’s war against the palestinians, I. Pappé, N. Chomsky, 2010.
[2] http://www.democracynow.org/2014/8/7/a_hideous_atrocity_noam_chomsky_on
[3] http://www.smmp.pt/?p=5257