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La melena de Evo

28 de abril de 2010 - 09:11 p. m.

La lista de bestialidades que pronunció el presidente Evo Morales durante su discurso inaugural de la Conferencia mundial de los pueblos sobre el cambio climático deja entrever una vez más la pobreza intelectual, la escasa cultura y el analfabetismo científico de nuestros gobernantes.

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Sin sonrojarse, Evo afirmó que “El pollo que comemos está cargado de hormonas femeninas. Por eso cuando los hombres comen esos pollos tienen desviaciones en su ser como hombres”. En el mismo discurso el mandatario boliviano criticó el desarrollo de variedades transgénicas y culpó a estos productos de ser los responsables de la calvicie de los europeos. De la Coca Cola dijo que solo sirve para destapar inodoros, insistiendo en el viejo mito urbano que alega que esta bebida es capaz de disolver en pocas horas un clavo de acero.

Pero si Evo funge de endocrinólogo, Chávez no se queda atrás como genetista. En unas de sus maratones televisivas explicaba: “Está comprobado científicamente que el mapa genético de una mosca y de cualquiera de nosotros es idéntico: “un gusano y Chávez; una mosca y cualquiera de ustedes [es] lo mismo”. En otra alocución de “Aló Presidente” pregunta, y se responde a sí mismo: “La especie humana tiene… ¿cuántos siglos compadre? ¡Ah, 20 siglos!”. Y su más genial anotación: “sácale el 80%: ¡7×8 = 52!”

Las barbaridades de George H. W. Bush son tan abundantes que inclusive existe un término, “bushisms”, para referirse a la lista de las innumerables estupideces, desatinos y torpezas del mandatario estadounidense. Durante su campaña presidencial en 2000, y en uno de sus discursos, tranquilizó a los concurrentes asegurándoles que es posible la convivencia pacífica entre los humanos y los peces. Y en una cumbre del G-8 en Japón, hace dos años, se dirigió al primer ministro Silvio Berlusconi gritándole en español “amigo, amigo”.

Hablando del futuro de la guerra en Irak manifestó: "La única manera como podemos ganarla es retirándonos a tiempo antes de que llegue el fin”. Y en otra alocución, esta vez ante el Congreso, advirtió: “Nuestros enemigos están siempre ideándose nuevas maneras de hacerle daño a nuestro pueblo; lo mismo hacemos nosotros”. A los disparates de Bush se suman las idioteces de su secretario de defensa Donald Rumsfeld. A una pregunta sobre el paradero de Osama Bin Laden, este cínico personaje respondió: “Estamos seguros de que Bin Laden está en Afganistán, en alguno otro país, o muerto”.
 
Más significativo que los desafueros risibles de estos mandatarios es la manera pueril de argumentar del presidente Uribe y su habitual estrategia de evadir los argumentos con artificios, intimidaciones e insultos. Su lenguaje coloquial y sus acostumbrados errores de dicción no pasarían de ser un rasgo pintoresco de su personalidad si no fuera porque en más de una ocasión le ha dado por aleccionar a sus compatriotas sobre el buen uso del idioma. En un mensaje de año nuevo, y apelando a su símil favorito, comparó a las “FAR” con una culebra a la que inmovilizan sujetándole la cabeza con una horqueta, pero que apenas logra zafarse se “avalancha” sobre el campesino, lo muerde y lo envenena.

Es dudoso que debajo de la abundante melena de Evo Morales, o de la calva de más de un asesor presidencial, haya una respuesta clara a preguntas como, ¿por qué se producen las estaciones?, ¿qué dice el principio de incertidumbre?, ¿qué propone la segunda ley de la termodinámica?, ¿qué es la distribución normal o la desviación estándar en estadística?, ¿qué se entiende por deriva continental?, ¿cuáles son las dimensiones del cosmos, y su antigüedad?, ¿qué es el código genético?, ¿cómo evolucionaron las especies hasta llegar al Homo sapiens? o ¿cuándo apareció el hombre moderno sobre la Tierra?

Lo paradójico es que decisiones que afectan el bienestar de millones de personas, como la investigación para el desarrollo de terapias con células madre, el control del armamento biológico, químico y nuclear, la superpoblación y las políticas demográficas y ambientales, la búsqueda de fuentes de energía limpia, el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono, la lucha contra las drogas, así como cientos de otros asuntos de la mayor importancia, estén en manos de gobernantes iletrados en materia de ciencia que confían más en predicadores, curas y astrólogos que en sus propios asesores científicos.

Para mencionar unos pocos ejemplos, Ronald Reagan se guiaba por los consejos de su parasicóloga de cabecera Barbara Honegger. Miterrand consultó a la astróloga francesa Elizabeth Teissier antes de enviar tropas a la guerra del Golfo. Y Fujimori se bañaba en las aguas de las mágicas Huaringas, según él, para “cargarse de energía positiva”, mientras que Uribe se hace recetar gotas homeopáticas para mitigar su ira crónica.

Tiene razón el médico cubano Luis Carlos Silva al señalar que “La incultura científica no es un mero rasgo que requiere ser superado para mejorar la sociedad sino una genuina adversidad cuya capacidad de estropicio se subestima, en parte debido a la propia ausencia de cultura científica que permita aquilatar el peligro que entraña”.

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