Un viejo dogma de la sicología sostiene que los criminales son producto exclusivo de circunstancias sociales. El maltrato, los traumas y el abuso sexual en la infancia han sido señalados como los principales responsables del comportamiento delictivo.
Sin embargo, investigaciones recientes han demostrado que a diferencia de lo que tradicionalmente se ha creído, ciertas anomalías cerebrales parecen jugar un papel mucho más relevante en la explicación de muchas conductas criminales. Un estudio llevado a cabo con 729 asesinos sicópatas por el doctor Adrian Raine, neurólogo de la Universidad de California, mostró que estos individuos presentaban una marcada reducción en el tamaño de la corteza frontal, así como daños en otras áreas cerebrales, especialmente en la corteza prefrontal dorsal, en la amígdala y en el gyrus angular, estructuras vinculadas con el procesamiento de las emociones y con la capacidad de establecer juicios morales.
Cuando estas áreas resultan afectadas por falta de oxígeno durante el parto, o se deterioran como consecuencia de lesiones o enfermedades, su capacidad funcional para inhibir los impulsos transgresores y anticipar los posibles castigos y sanciones se ve disminuida y el individuo no retrocede ante los impulsos de mentir, robar o agredir, sin medir las consecuencias. Por esta razón, puede decirse que la moral no se “sabe” tanto de forma abstracta como se “siente” de forma visceral.
Hallazgos como éstos podrían ayudarnos a comprender la sicopatía de algunos de los más sórdidos criminales seriales, como Jeffrey Dahmer, “el caníbal de Milwaukee”, que a pesar de haber crecido en una armoniosa familia de clase media, ser hijo de padres amorosos y cultos, y haber tenido una infancia totalmente normal, fuera capaz de desmembrar a sus víctimas antes de asesinarlas, conservar sus cabezas durante meses en el refrigerador y tener sexo con los cadáveres mutilados y putrefactos sin sentir la más mínima repulsión.
Si se llegara a demostrar que ese tipo de sicopatía es producto de anormalidades neurológicas, entonces, ¿deberíamos tratar a estos sujetos como criminales ordinarios o como simples pacientes siquiátricos? Hasta hoy los penalistas se han interesado más en castigar al criminal y vengar la ofensa, y poco en comprender el origen de su comportamiento delictivo. No obstante, un conocimiento cada vez más profundo de la biología de la violencia sugiere que la determinación de esas patologías debería ser esencial a la hora de juzgar la responsabilidad, inclusive de los peores criminales, sin importar cuán depravados nos puedan parecer sus crímenes.