En un mundo ideal donde fuese imposible mentir, la vida social sería insufrible. La sinceridad cruda y dura que señala sin tapujos las fealdades y los defectos es castigada con la discriminación y el ostracismo, mientras que el infalible artificio de la adulación es premiado con dádivas y favores.
La mentira es un descubrimiento evolutivo que ha alcanzado el mayor nivel de sofisticación en el ser humano. Mentimos para obtener beneficios, poder, estatus, dinero, sexo… Y para esconder nuestras debilidades. Toda interacción social involucra un complejo conjunto de artificios y un enmarañado lenguaje de sonrisas y actitudes falsas cuya función, entre otras, es la de acrecentar el estatus del individuo en el grupo.
Los protocolos sociales son en el fondo sutiles filtros que permiten establecer jerarquías y delatar a los impostores. Por eso los miembros de la realeza y de las altas clases sociales reciben una esmerada educación en ademanes, actitudes y modales, y adquieren un distintivo acento que sirve como marca indeleble e infalsificable de su alcurnia.
Pero la capacidad para mentir no es patrimonio exclusivo del ser humano. Existen plantas cuyas flores se asemejan a avispas hembras y así logran engañar a los machos de esa especie para que las polinicen. En las ranas verdes, el macho finge al croar un sonido grave para aparentar mayor tamaño y alejar a competidores más grandes. Y algunas mariposas poseen los mismos dibujos en las alas de otras especies venenosas para ahuyentar a los pájaros. La evolución selecciona características que son ventajosas para sus portadores, y en muchas situaciones, mentir es una de ellas.
Es probable que la capacidad para mentir haya desempeñado un papel fundamental en el vertiginoso desarrollo de la inteligencia y por ello forme parte indisoluble del ser humano. Somos mentirosos natos y no hay que haber leído a Shakespeare para darse cuenta.
La selección natural ha favorecido una paradójica mezcla de honestidad y vileza que hace que sancionamos moralmente a los mentirosos y al mismo tiempo nos reservemos el derecho a mentir. Políticos y educadores promulgan las virtudes de la honestidad, mientras que con su ejemplo demuestran lo contario. Mark Twain propone una sencilla fórmula para saber si un hombre es honesto. Basta con preguntárselo: si responde que sí, ¡no lo es!