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Leyendo la Biblia sin prevención

06 de agosto de 2008 - 10:15 p. m.

Un amigo educado en la fe hebrea me aconsejaba que si algún día me decidía a leer la Biblia, no perdiera el tiempo leyendo el Nuevo Testamento: que intentara de una vez con el Antiguo Testamento, según él, un libro enriquecedor, de inmenso valor histórico y literario. Decidí hacerle caso y en forma desprevenida comencé a hojearlo al azar.

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Lo primero que capturó mi atención fue la historia de Eliseo, que, camino a Betel, encuentra unos niños de la ciudad que le gritan: “Sigue por ahí calvo”. Jehová, enfurecido por la burla, decide castigarlos y hace que del bosque salgan dos osas que despedazan a los niños.

En otro pasaje, Jehová ayuda a su protegido Josué a conquistar la ciudad de Ai, después de que éste había matado a pedradas a Achán, a sus hijos, sus bueyes y ovejas, y quemado los cuerpos, en venganza porque Achán había robado unas monedas de plata del botín sustraído en la toma de Jericó.

Página tras página fui descubriendo cómo Jehová promueve la guerra, tolera la esclavitud y ordena masacres de enfermos, desvalidos, mujeres y niños. Por todos lados hay odios y venganzas: “Serán quemados con hambre y devorados con calor ardiente… Que sus hijos sean huérfanos de padre y su esposa sea viuda y que sus niños sean eternos mendigos y que no haya quien les brinde merced ni les ayude”.

Hay horrores que parecen salidos de Auschwitz: “Y comerás el fruto de tu propio cuerpo,  la carne de tus hijos e hijas”. Para mi amigo, como para millones de personas, la Biblia es palabra que procede de Dios, sabiduría y amor revelado a los hombres a través de los profetas, fuente de leyes, justicia, compasión y maravillosas enseñanzas. Yo todavía me pregunto: ¿dónde está la justicia, el amor, la compasión o la sabiduría en estas historias?

Leídas sin prejuicios nos revelan un Dios rencoroso, cruel, vengativo y racista; un Dios misógino que considera “una doble falta dar luz a una hembra”; un Dios carnicero sin ningún respeto por los animales, que pide que se embadurnen sus altares con sangre de bueyes, corderos y palomas.

Me dicen que el problema está en mi incapacidad para saber distinguir lo que es real  y lo que es figurado, que todo es cuestión de interpretación. Yo, por mi parte, sostengo que cualquiera que no haya sido adoctrinado en ninguna de las religiones judaicas es capaz de ver lo que estas historias verdaderamente son: historias depravadas y chovinistas, enterradas por siglos en la jerga de unas tribus ignorantes, paupérrimas, crueles, brutales y primitivas; historias conservadas por desgracia para la posteridad y elevadas a la categoría de sagradas por las más absurdas razones.

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