Hay buenas evidencias para creer que no todas las funciones lingüísticas se procesan en el cerebro racional, o neocórtex.
Algunas parecen estar bajo el control de sistema emocional, o límbico, lo que explicaría por qué una simple sucesión de fonemas puede inducir una reacción emotiva inmediata, sin importar cuál sea su contenido semántico, como suele ocurrir con los insultos verbales, el lenguaje obsceno y la retórica política.
El discurso político no pretende ser racional o invitar al análisis. Por el contrario, su intención es provocar una reacción primitiva, visceral, dirigida a ganar adeptos. La estrategia más común consiste en exacerbar el orgullo patriótico apelando a símbolos y emblemas que despierten ese profundo sentimiento que todos llevamos dentro de pertenencia e identidad con el grupo. Esto explica por qué la retórica política ha de ser profusa en alusiones a sentimientos gregarios y nacionalistas.
Las campañas presidenciales ofrecen al lingüista un repertorio inagotable de prototipos del lenguaje retórico. ¿Qué significan, por ejemplo, eslóganes como "retroceder no es una opción", o “yo soy el candidato del cambio”? ¿Qué quiere decir “legalidad democrática”, o “seguridad democrática con confianza inversionista y cohesión social”?
“Seguridad democrática” es un eufemismo que repiten todos los candidatos como un mantra, y significa combatir con firmeza a la guerrilla. Pero este es un compromiso que asumen todos por igual, sin que ninguno explique cuál sería la fórmula mágica particular que podría garantizar una victoria militar definitiva, o cómo se financiaría la lucha armada, tarea nada fácil si se tiene en cuenta el gigantesco déficit acumulado después de largos años de malos manejos fiscales.
Con frecuencia el lenguaje retórico, además de hueco, es contradictorio. Para dar un ejemplo, cuando se habla de darle continuidad al legado de Uribe mientras que al mismo tiempo se promete estimular la “confianza inversionista”, pocos advierten que entre los factores que más han contribuido a desestimular la inversión extranjera se cuentan precisamente prácticas toleradas –y al parecer incitadas– por el mismo gobierno, que han degenerado en los intolerables excesos de corrupción actual, en la erosión de las instituciones y en el hostigamiento a la justicia con espionajes y seguimientos. Pocas veces se señala que estas prácticas hayan contribuido a desacreditar al gobierno, hasta el punto de convertirse en un obstáculo mayor para la firma de importantes tratados económicos.
Si el discurso se ajustara a los hechos, y respetara mínimamente la lógica, entonces “retroceder” debería ser la opción más razonable, al menos en lo que concierne a las políticas corruptas y dañinas de los últimos ocho años. Y lo de “cohesión social” no solo es paradójico, sino que suena a chiste de mal gusto en boca de un personaje acusado de desviar subsidios destinados a una causa social para favorecer a una minoría de empresarios ricos, y quien además fuera uno de los contados defensores del proyecto de reforma a la salud, quizá la afrenta más perniciosa que se haya sugerido contra la sociedad colombiana en su conjunto.
Un candidato en campaña sabe que siempre corre el peligro de ofender o lesionar los intereses de una parte del electorado con cualquiera de sus declaraciones, en especial si dice la verdad o revela lo que realmente piensa. Esto explica por qué el discurso político está obligado a ser genérico y ambiguo, y por qué los políticos están forzados a contestar sin arriesgar. Desconocer la reforma a un artículo de la Constitución, y quizás algo de candidez, dieron pie para que Antanas Mockus recibiera todo tipo de agravios oportunistas, cuando en respuesta a una pregunta hipotética declaró que extraditaría a Uribe si la Constitución y la ley lo obligaran a cumplir con esta decisión.
Ignorar que la extradición es decisión autónoma del presidente es una falencia del candidato. Sin embargo, si dicha decisión dependiera exclusivamente de la Corte Suprema, como supuso Mockus, cualquier persona honesta estaría forzada a responder como él lo hizo, porque es obvio que no hacerlo equivaldría a reconocer abiertamente que la Constitución y la ley pueden violarse en aquellos casos que el presidente juzgue conveniente.
Los humanos reaccionamos al lenguaje de una forma compleja que trasciende el simple mecanismo de aparear significados con fonemas. Y estas sutilezas hacen que un mismo chiste pueda resultar gracioso en ciertas ocasiones y ofensivo en otras. Lo que algunos han interpretado como una velada alusión al párkinson de Mockus, cuando el Primer Mandatario expresó de manera folclórica que la seguridad democrática “no es esfuercito de caballo discapacitado”, ha tenido el efecto del chiste vulgar que se cuenta en el momento inoportuno: en vez de hacer reír produce desagrado y vergüenza ajena. Si el Presidente hizo o no alusión al candidato, poco importa en definitiva porque el hecho es que sus palabras, como un búmeran, se devolvieron en su contra y terminaron catapultando al candidato del Partido Verde en las encuestas.