No hay nada más cotidiano, ni más humano, ni más misterioso que el humor. Como la belleza, podemos reconocerlo pero no explicarlo. Como el arte, brota en inspiraciones repentinas sin que nadie conozca una fórmula mágica para crearlo.
Mucho se ha escrito sobre este enigma de la psiquis humana, aunque poco se ha revelado y casi nada se conoce sobre su génesis. Cuál no sería la sorpresa de una inteligencia alienígena al ver cómo los habitantes de este rincón del universo, en situaciones particulares, abren ligeramente la boca, muestran los dientes, y luego comienzan a exhalar aire en cortos intervalos, emitiendo un sonido único e inconfundible.
La risa, como el llanto, no tiene paralelo en el reino animal, con excepción de nuestros primos más cercanos, los monos antropoides. Estudios recientes del etólogo holandés Jan van Hooff muestran que los grandes simios también ríen, aunque su risa se asemeja más a un jadeo gutural y algo siniestro que recuerda las risotadas afectadas y burlonas que suelen acompañar los juegos de manos entre muchachos.
Sonreímos desde la cuna, una reacción sin duda programada en nuestros genes, pues hasta los niños ciegos de nacimiento sonríen sin que puedan haberlo observado en otras personas. Es notable que los mellizos idénticos, criados por separado, rían en forma muy parecida; y es curioso que sin importar cuál sea nuestro idioma nativo, riamos sin un acento particular.
Reír involucra al menos dieciséis músculos faciales controlados por zonas cerebrales no accesibles desde la consciencia. Ya en el siglo XIX, el neurólogo Duchenne de Boulogne había explicado por qué no tenemos ninguna dificultad para diferenciar la risa auténtica de la postiza: en la risa genuina se contrae el músculo orbicularis oculi, que arruga la piel alrededor de los ojos, lo que no ocurre cuando reímos de manera fingida. Un fenómeno aún sin explicar es la llamada “risa del conejo”, que aparece en forma misteriosa en algunos moribundos, y también en este animal antes de morir.
Y si la risa tiene aún aspectos por explicar, el humor es un verdadero misterio. Aristóteles lo concebía como algo acoplado con la fealdad y la bajeza, y señaló, como Kant, que la sorpresa era su esencia. Platón lo asociaba con el placer y la pena, mientras que Descartes creía que era una manifestación de gozo, mezclada con hostilidad. Freud interpretó el humor como un desplazamiento del acento psíquico del yo al superyó, una explicación que hoy hace reír a más de uno.
Pero hay un aspecto adicional al que no parece dársele la importancia que merece, y es el hecho de que la risa juegue un claro papel como mecanismo de recompensa, unas veces, otras de castigo, y que tal vez pudiera explicar su origen evolutivo. Cabe pensar que desde muy temprano, incluso antes de aparecer el lenguaje, la sonrisa pudo haber adquirido la función de premiar aquellas acciones dignas de ser emuladas. El fenómeno puede confirmarse en la vida cotidiana: con amplias sonrisas los padres celebran los triunfos académicos, o las hazañas deportivas de sus hijos (aun el triunfador sonríe ante sus propios éxitos). Sonreímos cuando resolvemos un acertijo, y reímos ante una ocurrencia ingeniosa. En el extremo opuesto encontramos la risotada estrepitosa y descompuesta, un instrumento para mofarnos del prójimo: ingenuidades, torpezas, equívocos… son castigados a menudo con una carcajada.
Una taxonomía gruesa del humor revela una gran familia de chistes construidos con una receta única: la incongruencia y la sorpresa. Con este método se elabora un contexto que promete un resultado para golpearnos luego con una interpretación insospechada. Un ejemplo es el chiste que se le atribuye al prolífico matemático húngaro Paul Erdös: «El primer síntoma de senilidad en un matemático es cuando comienza a olvidar sus teoremas. El segundo, cuando olvida subirse la cremallera; y el tercero: cuando olvida bajársela”.
Sarcasmo e ingenio son una combinación frecuente, fórmula que Groucho Marx cultivó con maestría, como en esta frase inmortal: “Es mejor permanecer callado y parecer tonto que hablar y despejar las dudas”. Y esta otra: “Detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, y detrás de ésta, su esposa”. Cuentan que cierto día en que le presentaron una mujer poco agraciada, le dijo con franqueza: “Nunca olvido una cara, pero en su caso haré una excepción”.
Humor y sabiduría a menudo se confunden. Joyas de este género son los geniales aforismos de Lichtenberg y las memorables ocurrencias de Mark Twain. Hay seso y humor en esta célebre frase: “El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista”. Y hay belleza e ingenio en esta comparación: “La diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta, es la misma que entre el rayo y la luciérnaga”. Cuentan que en una ocasión, siendo el gran escritor americano un hombre ya muy viejo, un periódico local anunció por error su muerte, a lo que éste se apresuró a declarar: “No se preocupen, puedo asegurarles que los rumores acerca de mi muerte son algo exagerados”.
Los equívocos y las torpezas nos hacen reír. La siguiente historia fue publicada en el diario The New York Times, el 18 de julio de 1967. En Picoaza, pequeño pueblo de Ecuador, cuatro mil ciudadanos eligieron como alcalde a pulvapiés, un talco para los pies. Tal parece que en la víspera de las elecciones, la empresa de talcos había distribuido un volante del mismo tamaño y color de la tarjeta de votación, donde se leía: “Vote por cualquier candidato, pero si quiere higiene y bienestar, vote por pulvapiés”.
Cabe la posibilidad de que el aparente equívoco en realidad no hubiese sido un error, si tenemos en cuenta el mal olor que siempre despide la política, en Ecuador, y en cualquier otra parte.