El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Sofismas y falacias en defensa del Clero

14 de abril de 2010 - 11:04 p. m.

Ante la avalancha de escándalos sexuales que involucran a decenas de sacerdotes, los más altos jerarcas de la Iglesia, y más de un ferviente devoto de Benedicto XVI, se han unido en férrea defensa contra lo que consideran una sucia campaña de difamación contra el Papa y la Iglesia católica.

PUBLICIDAD

Según El New York Times, hay razones para pensar que siendo arzobispo de Múnich, hace más de veinte años, Ratzinger estaba enterado de los abusos sexuales del padre Peter Hullermann, y sin embargo permitió que este fuera reintegrado a sus labores sacerdotales como consta en un documento cuya autenticidad reconocen las autoridades eclesiásticas. Se sabe que años más tarde, este mismo sacerdote siguió abusando de menores en otras parroquias, pero los hechos se mantuvieron en completo silencio hasta que estalló el escándalo, en marzo de este año.
 
Al Papa también se le inculpa por no haber retirado del sacerdocio al cura Lawrence Murphy, acusado de abusar sexualmente de por lo menos 200 niños sordos, y se le ha cuestionado por los supuestos encubrimientos de violaciones en el Coro de Niños Cantores de Ratisbona, dirigido por su hermano Georg Ratzinger.

Si estas acusaciones son ciertas o no es un asunto que compete a las autoridades, y habrá que esperar lo que arrojen las investigaciones, si se llegara a investigarlo, lo cual es improbable. Pero flaco favor a la causa pontificia le hacen algunos defensores de Benedicto XVI, quienes en vez de guardar prudencia, han salido a apoyarlo en forma categórica e incondicional, con argumentos pueriles, falacias elementales y burdos sofismas de distracción.

Uno de los artificios más fáciles consiste en convertir al victimario en víctima. En respuesta a las acusaciones, los defensores del Papa hablan de una calumnia monumental, un complot orquestado por detractores de la fe católica para difamar a la Iglesia. Con este recurso se evita tener que responder a acusaciones puntuales, mientras que se desvía la atención hacia otro lado. Nunca se explica por qué las denuncias son infundadas, o por qué hay un interés en desacreditar a Benedicto XVI, o qué razones ocultas y perversas podría tener un bufete de abogados norteamericanos que representa a cientos de víctimas de abusos sexuales cuando amenazan con llevar al Papa a los estrados judiciales.

Otra estrategia consiste en contrarrestar el alud de denuncias con el argumento pueril de que pedófilos hay en todas las instituciones, y no solo dentro de la Iglesia católica. La falacia es bien conocida entre juristas: “tu quoque” — tú también–, y consiste, ante la imputación de un delito, en defenderse objetando que el acusado no es el único que lo comete. Más de un columnista de opinión ha salido con semejante infantilismo en defensa de los abusos del Clero, y para rematar acuden a un argumento aún más baladí, al insistir que a los enemigos de la Iglesia solo les interesa destacar lo malo, nunca lo bueno, como si ante la ley tuviera algún mérito el principio hipócrita de que “quien peca y reza empata”.

En una entrevista con la reconocida periodista de CNN, Patricia Janiot, el cardenal Darío Castrillón (posando de humilde, a la vez que increpaba a la periodista en forma arrogante y grosera, con réplicas como “cuántas veces te tengo que repetir Patricia”, o “en qué idioma tengo que explicarte”) recurría a otra falacia, que consiste en minimizar la gravedad de los hechos arguyendo que la cantidad de abusos sexuales son insignificantes en comparación con los cientos de miles de sacerdotes en el mundo que han mostrado una conducta intachable.

Al Papa también se le hace responsable de haber dado instrucciones, cuando era cardenal, acerca de no informar a las autoridades judiciales si sabían de algún abuso sexual, por considerar que estos problemas debían resolverse dentro de la misma Iglesia. Exigir que se guarde silencio –bajo amenaza de excomunión– ante casos de violación cometidos por sacerdotes es una política que linda con lo delictivo, intolerable en una sociedad laica donde se supone que ninguna organización, ni el Clero, ni nadie, tiene patente de corso para encubrir un delito.

Y es una aberración que ante repetidas denuncias de crímenes sexuales, la Iglesia haya gozado de absoluta y total inmunidad, como ocurrió con las harto justificadas denuncias en contra del padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, quien jamás pudo ser llevado a los tribunales; o como fue el caso del padre Efraín Rozo, “absuelto” por los altos jerarcas de la Iglesia colombiana, no obstante él mismo había reconocido que abusó sexualmente de dos seminaristas hacía más de 40 años.

En el caso del padre Maciel, el entonces cardenal Ratzinger se limitó a “invitarlo” a retirarse a una vida de oración y penitencia, sin un debido proceso, ni siquiera canónico. Esta actitud refleja que en forma implícita el Papa consideraba creíbles los delitos que se le imputaban, de otra forma por qué degradarlo, prohibiéndole celebrar misas públicas o dar conferencias, o entrevistas. Y si es así, ¿acaso piensan los defensores de Benedicto XVI que el único castigo que merecen los sacerdotes pedófilos es la exclusión de la vida clerical, o en el peor de los casos la excomunión?

Conoce más
Ver todas las noticias