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Suicidios colectivos

02 de junio de 2010 - 10:49 p. m.

Inmerso en su soledad, y en la mayor desesperanza, el suicida contempla la idea de su propia muerte. La obsesión madura con lentitud, va tomando forma en su mente, como la trama de una película con un terrible final.

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Pero en el extraño fenómeno de los suicidios colectivos no parece ocurrir nada similar. El lento proceso individual es reemplazado por un penetrante lavado de cerebro, por una prolongada inducción a manos de un sicópata al que sus seguidores veneran como a un Dios, capaz de hipnotizar a sus víctimas hasta el punto de llevarlas a quitarse sus propias vidas.

En 1997, Marshall Applewhite, profeta supremo y mesías de la secta Puerta del Cielo, tras grabar en video su despedida, se suicidó junto a 38 de sus seguidores envenenándose con una mezcla de fenobarbital y pudín de manzana bañado en vodka. Los miembros de la secta denominada Los Diez Mandamientos, dirigida por el profeta católico Joseph Kibweteere, se reunieron el viernes 18 de marzo del 2000 en una iglesia cerca de Kampala, y después de varias horas de entonar cánticos místicos se prendieron fuego. Al anochecer de ese día, y a pesar de la incesante lluvia, algunos de los cuerpos carbonizados seguían humeantes entre las ruinas del templo.

En Suiza, en 1994, se hallaron los cadáveres calcinados de 48 miembros del Templo Solar, que murieron con la esperanza de una pronta resurrección en un remoto paraíso más allá de nuestro sistema planetario. La muerte de su líder, el homeópata Luc Jouret, no evitó que esta ideología fanática le sobreviviese y que algunos de sus discípulos imitaran su comportamiento suicidándose ritualmente años después. En la carta de despedida, Juret y sus seguidores mencionaron las enseñanzas de "La gran logia blanca" de la estrella Sirio, unos supuestos maestros extraterrestres que habrían comunicado a la secta la base doctrinal que los condujo a terminar con sus propias vidas.

En España han ocurrido varios casos de suicidios a causa de creencias fanáticas en extraterrestres salvadores. El más dramático se produjo en la población barcelonesa de Tarrasa, cerca de la estación ferroviaria de Torrebonica. Allí fueron descubiertos los cadáveres decapitados de José Rodríguez y Juan Turú, miembros de una asociación dedicada al estudio de los ovnis. Lo que comenzó como una afición terminó convertido en una obsesión fatal. Rodríguez, en su delirio, llegó a creerse un extraterrestre reencarnado. Mediante la práctica de la OUIJA y otras técnicas de "contacto extraterrestre" llegaron a la conclusión de que su anhelado viaje a Júpiter era posible si liberaban su espíritu de las ataduras de su cuerpo físico. Tras un ritual, los suicidas se acostaron sobre los durmientes, apoyando sus cabezas en uno de los rieles para que el tren los decapitara.

¿Qué mueve a grupos enteros de personas normales a terminar con sus propias vidas? Es un misterio que nadie ha podido explicar. Todos los casos involucran una gran dosis de fanatismo religioso aunada a la extraordinaria capacidad de persuasión que poseen algunos maniáticos que se creen profetas o enviados divinos, convencidos de la proximidad del fin del mundo, y de la existencia de una vida mejor, después de la muerte, en algún paraíso remoto. De Joseph Kibweteere sabemos que era un ferviente católico que había estado bajo tratamiento psiquiátrico por un grave desorden bipolar, un año antes de ocurrir el suicidio colectivo en Kanungu –un pequeño poblado situado al sudoeste de Kampala–, y cuyas visiones apocalípticas se remontaban a la muerte de su padre tiempo atrás. Lo que resulta incomprensible según testimonio de los habitantes del lugar es que los integrantes de la secta fueran personas nada fuera de lo común, miembros de una tranquila comunidad local de agricultores.

Applewhite era un demente con un largo historial de desórdenes psiquiátricos. Se creía enviado de Jesucristo y afirmaba tener poderes astrológicos. Este chiflado se hizo castrar después de escuchar en su cabeza voces que se lo ordenaban. El día de su muerte, su cadáver y el de sus seguidores estaban dispuestos boca arriba con un velo morado que les cubría el rostro y el torso, sumidos en su viaje eterno hacia “la nueva dimensión”, que alcanzarían al unirse a la nave extraterrestre que, según ellos, vendría tras el cometa Hale-Bopp.

Solo en Estados Unidos hay más de tres mil sectas, y más de dos mil en Gran Bretaña, sin contar las sectas mayoritarias que hoy llamamos “las grandes religiones”. Todas ellas prometen una vida después de la muerte: en el Nirvana, en la estrella Sirio, en el cielo bíblico al lado del Padre Eterno, o en el paraíso que Alá tiene reservado a los buenos musulmanes con 72 novias vírgenes para cada mártir. Tenía razón Voltaire en afirmar que la religión es la madre de todas las locuras y todos los fanatismos. Y qué mejor prueba que las incontables guerras y crueldades perpetradas en su nombre. Los diecinueve suicidas que participaron en el atentado contra las Torres gemelas de Nueva York, son, sin duda, los creyentes más sinceros que viajaban en aquellos aviones. ¿Qué debería aprender una sociedad civilizada y pensante sobre el júbilo y la propaganda extasiada con la que se recibió en el mundo islámico esta gran proeza de sus hijos más fieles?

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