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La estética de lo ominoso

17 de junio de 2016 - 11:55 a. m.

Leí en alguna parte que este es un libro difícil de recomendar. Leche, de la escritora española Marina Perezagua (editorial Los Libros del Lince), nos relata historias abominables, depravadas. Hasta el dibujo de portada, del artista estadounidense Walton Ford, hará que algunos hagan una mueca, salten de su silla: un toro penetrando a un jaguar, el jaguar mordiéndole la cabeza al toro.

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¿Qué nos hace seguir leyendo? ¿Por qué no cerramos de una buena vez el libro y ponemos una canción feliz? Mi respuesta sería que eso, lo abominable, también hace parte de la vida, pero lo negamos aunque podría encantarnos. O por lo menos se desconoce, y es ahí donde entra la curiosidad. Abrimos este libro como la mujer que abre la puerta prohibida del castillo de Barba Azul.

El ingenio de Perezagua está en esta narrativa de lo extraordinario: que en Hiroshima existiera una bomba atómica que muchos tuvieron que llevar adentro, como un “Big Bang invertido”, o que tras la Segunda Guerra Mundial el hambre despertara el incesto. Y sí, todo eso sucedió, sólo que la escritora lo vuelve ficción para poder ver de cerca. Para ir a la fuente que da leche. Leche como lo simple. Leche de la mujer, de la madre, de lo que nutre. Leche del hombre, de lo sexual.

Hay imágenes que por crudas y precisas se nos graban, como el niño que se columpia y termina convertido en un puñado de polvo con forma humana. Trozos de piel que cuelgan como tela, a modo de kimono. Una mujer que cuida a su esposo incinerado y celebra “sus deposiciones como un acto de vida”. Un padre que congela la tortuga con el caparazón partido de su hija como su único acto de piedad en la vida. Una mujer que sólo se alimenta de la boca de su hermana, condenada a ser un pichón huérfano.

Disfruté lo abominable porque me gusta que unas letras, unas simples letras, hagan que mi cara se transforme en gesto, y mi boca en puro labio seco. Que las historias me den un puñetazo y me digan, Sí, existo, no te dejo ajena a lo que estás leyendo. Me gusta, en especial de este libro, que los finales sean inesperados, aun cuando ya el relato pareciera haber pasado por lo peor.

También hay momentos de sosiego. Hay frases que podrían ser poemas mínimos: “la duda duele menos que la esperanza”, “había pasado del sentimiento de estar solo en el mundo, al sentimiento de estar solos en el mundo”, “el verdadero canto de las sirenas es el silencio”, “comer de ella (de tu boca) es, para mí, beber de tu eco”, “el enigma me une tanto como la presencia”.

Este libro de cuentos redescubre la estética de lo ominoso, es decir, lo despreciable que, intuyo, en el fondo nos atrae.

julianadelaurel@gmail.com

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