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Soñar el recuerdo

21 de enero de 2016 - 11:20 p. m.

En El marinero, de Fernando Pessoa (Tragaluz Libros), los recuerdos son caprichosos. Nos quedamos con unos labios y olvidamos un nombre. La bicicleta del vecino siempre fue mejor.

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Se prolongan los abrazos, duran horas, pierden los límites, se vuelven caminos. Desde la nostalgia también se inventa, se confunde sueño con realidad. En una habitación tres mujeres velan a una muerta y se entretienen contándose el pasado, o un sueño que han confundido con la realidad. ¿Por qué hablar de lo que fuimos? ¿Fue acaso mejor? Lo que fuimos, dice una de las protagonistas, “es hermoso y siempre falso (…) debe ser hermoso, porque es inútil y desconsuela tanto”.

¿Y qué hay del mar, allá asomado por las montañas? Lo podrían ver desde esta ventana, pero “el mar hermoso es sólo el de otras tierras. El que vemos siempre nos trae la nostalgia del que nunca veremos”. También es mejor volver al mar de la infancia: “Viví entre peñascos y vigilaba el mar… El borde de mi falda era fresco y salado, y golpeaba contra mis piernas desnudas… Yo era pequeña y bárbara”. ¿Era esa niña más feliz? Quizá no, pero “en este instante comienzo a haberlo sido otrora”, es decir, hacer nacer un sentimiento en el pasado, recordarlo por primera vez, no sentirlo ya. “No podemos ser lo que queremos ser, porque lo que queremos ser siempre lo queremos haber sido en el pasado”.

Seguimos leyendo o, mejor, escuchando a las veladoras. Sus palabras tienen música, producen acciones —sin necesidad de que las mujeres se desplacen—. A esto Pessoa lo llamó teatro estático porque “trasciende el teatro meramente dinámico y (lo esencial es) la revelación de las almas a través de las palabras intercambiadas”, dijo alguna vez el escritor portugués, según apunta la edición de esta obra gracias a la traducción de Nicolás Barbosa López. El marinero es el sueño o el recuerdo —¿acaso importa?— de una de las veladoras. Él, a su vez, sueña o recuerda su patria. Lo hace para que duela menos no tenerla tras el naufragio. Si llegaran a rescatarlo, ¿volverá a su verdadera patria o a la que soñó? Tal vez desande los caminos de su mente. La historia volvería a comenzar. No tendría fin.

Hay una quinta presencia, una especie de brazo que se extiende sobre ellas, al que le temen. No es la muerta. Ella sólo finge estar. Las mujeres quieren callar, pero no pueden. El horror significa no poder explicar por medio de la razón qué las hace temblar. ¿Podrá la veladora contarnos cómo acabó el sueño? “No acabó… No sé… Ningún sueño acaba… ¿Puedo saber con certeza si no lo sigo soñando?”. A veces vale la pena, como dice ella, encerrarnos en el sueño y olvidar la vida. Creer en él.

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