Gula (o Güllen) es una ciudad provinciana en decadencia. Puede ser un lugar cualquiera de la actualidad, aunque sea un espacio imaginario. Yo diría que Friedrich Dürrenmatt fue un visionario hace 60 años cuando creó La visita de la vieja dama (Tusquets). Un augur de la “gula” de una sociedad que de tanto consumir se queda vacía. Antes se extingue el dinero que el apetito o la avaricia.
A Gula llega Clara Zachanassian, una multimillonaria que crió su fortuna fuera de esta, su ciudad natal. Sus habitantes aparentarán estabilidad, cortesía, respeto. Antes nos olvidamos del hambre que de guardar las apariencias. Con Clara entra a escena una de las cosas que más disfruto de leer teatro (al menos de esta corriente): personajes mal portados, inesperados, extravagantes, disfuncionales. La señora Zachanassian llega, por ejemplo, con eunucos que hacen las veces de sirvientes, con su sexto o séptimo esposo incompetente del que estará enamorada un día y al otro no. Clara saluda con su mano y la mano se caerá. Da un paso y la pierna se desprenderá también. Acaso una metáfora de que la ayuda que ofrece para sacar a la ciudad de la pobreza no será fácil de agarrar. El absurdo es el elemento clave para leer el humor de esta historia.
La condición de la millonaria para hacer su donación nos conduce a una historia paralela: ese pasado de las gentes y sus culpas y sus engaños y sus deseos de venganza. La mínima posibilidad de tener dinero fácil crea en Gula, y en un lugar cualquiera, una burbuja especulativa que seguirá sorprendiéndonos a medida que avanza la obra.
Recomiendo un libro de hace tantos años porque creo que es un texto exquisito para volver a leer teatro. Me atrevo a decir que hoy día no se busca suficiente teatro escrito en las librerías colombianas, aunque sí haya un interés —al menos tímido— de verlo en escena. ¿Por qué será? No se podrá argumentar que no se produce lo suficiente en este género. Basta con preguntar en el Teatro La Candelaria por las no pocas publicaciones de Santiago García. O leer el Tríptico teatral de Felipe Vergara y César Badillo, conocidos director y actor/director de teatro en Bogotá. O irse por un tema de interés histórico como la toma del Palacio de la Justicia retratada en La siempreviva (Tragaluz) de Miguel Torres. Y tantas otras piezas teatrales escritas que por espacio e ignorancia no alcanzaré a resaltar.
Al final, el teatro, como nuestra protagonista de Dürrenmatt, podrá ser una vieja dama, enamoradiza o a veces confusa, pero luce eterna, rejuvenecida. Una vieja que siempre hará que hablen las voces que —no lo neguemos— nos habitan.