Mauricio García Villegas expresa una verdad de a puño en su libro El país de las emociones tristes cuando dice que una de las razones por las cuales no se ha resuelto el conflicto armado en Colombia es porque los radicales “con su ruido de pólvora acallan a los moderados”. Esto vale para todos porque en la izquierda, la derecha y el centro del espectro político hay radicales y moderados.
Cuando no es un bombazo es una masacre. La apertura de los noticieros en la mañana, al mediodía y en la tarde siempre está cargada de violencia. Lo que en cualquier otro país es un ejercicio rutinario e inofensivo, en Colombia es una experiencia que puede resultar espantable y alterar el sistema nervioso. Como si faltara algo, la pandemia mantiene horrorizada a la población a tal punto que cada peatón ve a los otros transeúntes como enemigos agazapados tras las cubiertas de tela y plástico o los tapabocas diseñados para protegerse y proteger a los demás del contagio del COVID-19.
Lo peor es que la rutina se viene repitiendo año tras año, desde mucho antes de que apareciera la amenaza del coronavirus, en una secuencia sangrienta que ya han soportado diez generaciones de colombianos. De la guerra de Independencia pasamos a las guerras entre federalistas y centralistas, a la de los Supremos y la interminable sucesión de guerras civiles que desembocaron en la no declarada entre liberales y conservadores, luego a la de las drogas y después a la maraña de conflictos armados en que seguimos envueltos sin que aparezca una luz en el horizonte.
Volviendo al libro de García Villegas, una de las lecturas más recomendables en el momento actual, el autor nos ofrece un atisbo de esperanza sobre la forma en que podemos encontrar una salida. Habla de la necesidad de desarrollar una cultura emocional más sana y más afable, en la que no predominen los odios sino la voluntad de reconciliación, en una palabra, la moderación, que en los pocos momentos de paz y clarividencia registrados en nuestra historia produjo buenos resultados. Pienso, por ejemplo, en el espíritu reformista que inspiró al gobierno de Alfonso López Pumarejo, sin duda el más progresista que tuvo Colombia en el siglo XX.
Qué bueno sería que los aspirantes a ocupar la Presidencia de la República a partir de 2022 acogieran unas sugerencias tan valiosas como las contenidas en el libro que comento y, en lugar de proponer nuevas venganzas y nuevas guerras, ofrecieran una visión positiva de lo que podemos lograr como país si adoptamos la tolerancia, el respeto por el que piensa distinto, el sincero deseo de cambiar las instituciones caducas y erradicar los métodos corruptos para que la democracia deje de ser una simple fachada y se convierta, al fin, en una realidad.
Me resisto a pensar que entre los numerosos aspirantes a gobernarnos —los que están figurando y los que aún no han aparecido— no haya alguno que esté a la altura de las circunstancias y sea capaz de señalar un rumbo para que Colombia no siga siendo un país al borde de un ataque de nervios.