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Sergio Urrego Reyes

04 de octubre de 2014 - 09:00 p. m.

Sergio Urrego Reyes, un joven de 16 años, pereció al arrojarse al vacío el 4 de agosto pasado desde la terraza del centro comercial Titán Plaza.

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El llamado Gimnasio Castillo Campestre, lugar en el que se gestó este suicidio, no debe ser el único plantel que responde a un modelo de reformatorio, como si los reformatorios no tuvieran también que civilizarse. La palabra “gimnasio” la copian algunos colegios privados de clases medias para aludir de manera arribista al caché del Gimnasio Moderno que fundó don Agustín Nieto Caballero, y del que muchos egresados se muestran pragmáticamente orgullosos. Alguna vez concurrí a una misa de sepelio en la iglesia de este colegio, y el sermón del cura lo hacían inaudible los gritos de los pelados que jugaban al fútbol en la cancha contigua: “¡Pásala, De Brigard, no seas personalista!”, “¡Sos una güeva, Samper, ese gol estaba de papaya!”, “¡Urrutia, imbécil, lo hubieras metido de cabeza!”. Los concurrentes al entierro nos mirábamos haciendo cábalas de lo malos jugadores que eran quienes serían presidentes y ministros dentro de 15 años. Pero ese es otro tema.

En cuanto a la palabra “Castillo” del gimnasio en el que acorralaron a Sergio hasta suicidarlo, aparte de su resonancia de fortín medioeval, sólo con saber el apellido de la dueña se le encuentra su otra razón de ser, como si esta señora quisiera perpetuar una heráldica pedagógica que desde luego su establecimiento no se merece tanto como el gimnasio original, el de la 11 con 74. Y lo de “campestre” remite a esa idea de empresa educativa en las afueras de la ciudad, hasta donde los pobres alumnos llegan fundidos en bus, luego de un madrugón para coger su ruta a las 6 a.m.

El problema de ese “Gimnasio Castillo Campestre” fue que un día le matricularon ahí a un muchacho precozmente libertario, llamado Sergio, que se les convirtió en una pieza estorbosa dentro de su engranaje monacal: no creía en Dios, no ocultaba su identidad sexual —que él mismo describía así: “no soy homosexual, sino bisexual…” (y más ampliamente…), “queer, es decir, minorías sexuales no hetero, ni heteronormadas, de género binario…”. Tenía un muro en Facebook, bajo el nombre de “Mefistófeles”, en el que elucubraba sobre lo “infernal” no desde la noción gazmoña de los creyentes religiosos, sino desde lo alegórico implícito en el Fausto de Goethe. Aparte de eso, amaba a Edgar Allan Poe, la ópera, el rock, era versado en pintura, tenía un sentido negro del humor, y no necesariamente era ajeno a las cotidianidades relacionadas, por ejemplo, con la selección Colombia o la contratación de James por el Real Madrid. Escribía, además, reflexiones muy inspiradas: “Me gustaría tener superpoderes y ser inmortal para experimentar cuantas veces quiera el suicidio”.

Cuando en un concierto para delinquir la dueña del colegio, la psicóloga y un profesor sapo le decomisaron a una alumna el celular con una foto en la que Sergio se besaba con un compañero, y lo denunciaron a la Fiscalía por “acoso sexual”, este héroe trágico escribió lo siguiente en su Twitter: “Mi pecado no es mi infierno, sino mi paraíso”. Antes de tirarse a su muerte segura, esa única vez que él hubiera querido repetible, dejó un texto sobre su pesar frente a todo lo que iba a perderse: “Me duelen los libros que no leeré, la música que voy a dejar de escuchar y las pinturas que no podré ver”.

Era un genio el pelado, que por supuesto le quedó grande a ese remedo de colegio, que jamás iba a asimilarlo, y sobre el que hay versiones de que no es la primera vez que persigue de esa forma a jóvenes que se salen del común del alumnado. Posiblemente a Sergio tampoco el país le hubiera dado la talla si hubiera alcanzado a salvarse de su primer suicidio o al menos de su peligroso bachillerato. Pero eso ya no podrá saberse.

 

Lisandro Duque Naranjo *

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