Termina el año, aunque bien pudiera decirse que cada día termina un año, pero se acepta lo que manda el calendario, con todo y los sombreritos de punta y las serpentinas de 31 de diciembre.
Abundan resúmenes y perfiles de personas, distinguidas en cada medio como personajes del año, al gusto de cada cual. El Nuevo Siglo y El Espectador coincidieron en destacar a la senadora Córdoba como la personalidad de 2007. Por lo general, los últimos meses y lo que en ellos ocurre determinan estas distinciones, olvidado el transcurso del año.
Me sorprendió que Piedad Córdoba fuera personaje del año, especialmente en el caso de El Nuevo Siglo. Mujer aguerrida, de franca izquierda, favorecedora de minorías, indisciplinada, contradictoria. Como facilitadora, sin embargo, tuvo mayor empalme con Venezuela que con su propio país, que la designó para conseguir un acuerdo humanitario.
Entra al inventario, con valor negativo, el manejo dado por el presidente Uribe a las relaciones con el difícil vecino. La actitud rasgada (él es dado a estas salidas, que presume geniales) de entregarle la mediación humanitaria al presidente Chávez, y con él a la senadora Córdoba, terminó, como se ha visto, con dejar en mal estado las relaciones con Venezuela. El remate de todo ha sido el de un mayor protagonismo hemisférico y mundial del dictador venezolano y la presión internacional ejercida sobre el Gobierno de Colombia.
Con Nicaragua, dicho sea de paso, finalizamos el año con el reconocimiento, por parte de La Haya, de las islas, pero con las fronteras marítimas sin definir. El TLC tampoco pasó, de modo que estos son capítulos que entrarían a un cierto rubro de “pérdidas y ganancias”.
Personaje del año es para lectores y oyentes de emisoras matinales el propio presidente Álvaro Uribe. No es gracia: un presidente es noticia diaria, y si no hace nada, que no es el caso, también merece titulares (“el Presidente no hizo nada ayer”). Pero Uribe, fuera de los tropiezos internacionales, llegó a una cierta cumbre: completó el quinquenio de mando. Como Reyes y como él, envuelto en problemas, en su caso por la parapolítica de sus amigos y a causa de su propia historia, no del todo aclarada, de los tiempos de Pablo.
Personaje en Iberoamérica sería, por qué no (“¿Por qué no te callas?”), el Rey de España, con su salida de casillas, que a muchos fascinó. Concursa también la frase del Presidente de Colombia, cuando le enfrentó a Chávez su actitud expansionista. Si no genial, fue enérgica. En corto tiempo, estos dos personajes pasaron del amor al odio, con requiebros adolescentes. Si hoy se vieran, el uno le lanzaría al otro el consabido epíteto de lacayo, y el otro, le daría en la cara, m… Ya Chávez habló de olvidar los platos rotos.
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Sobreviene, al finalizar esta nota, el magnicidio en la persona de Benazir Bhutto, en un Pakistán tan lejano como próximo a los intereses democráticos de un mundo global. Terrible desbalance.